Viernes. 18.08.2017 |
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Opinión
Juan Manuel Parrado
10:35
20/05/17

Involución global

Hablar de globalización implica hablar de interacción entre los diferentes pueblos de la Tierra. Es hablar de un todo conectado, de intercambio de cultura, economía, información, más allá de diferencias étnicas, fronterizas, religiosas, raciales, geográficas, culturales o de cualquier otra índole. A mi modo de entender, hablar de globalización es hablar de la forma más eficiente que tiene la sociedad para seguir evolucionando. Y aunque el término en sí mismo es relativamente reciente, el concepto es antiguo, muy antiguo.

Involución global

Hablar de globalización implica hablar de interacción entre los diferentes pueblos de la Tierra. Es hablar de un todo conectado, de intercambio de cultura, economía, información, más allá de diferencias étnicas, fronterizas, religiosas, raciales, geográficas, culturales o de cualquier otra índole. A mi modo de entender, hablar de globalización es hablar de la forma más eficiente que tiene la sociedad para seguir evolucionando. Y aunque el término en sí mismo es relativamente reciente, el concepto es antiguo, muy antiguo.

Podríamos considerar que las primeras civilizaciones tenían cierto grado de globalización en la medida en que los pueblos conquistados se veían obligados a compartir parte de la cultura, moneda y costumbres del conquistador, tal es el caso del imperio creado por Alejandro Magno, el mundo de cultura helénica en el Mediterráneo, el Imperio Romano posterior o incluso la expansión del Islam.

La conquista de América fue un revulsivo a la hora de afrontar nuestro mundo, porque las naciones comenzaron a pensar de otra forma, de una manera expansiva nunca vista hasta ese momento. La era de los descubrimientos se consideró la verdadera línea de salida para el posicionamiento de los pueblos a nivel mundial, y ese impulso descubridor aceleró el desarrollo comercial y tecnológico de la humanidad a un ritmo exponencial si lo comparamos con los miles de años previos desde el dominio de la escritura. Es decir, podríamos afirmar que el concepto de globalización ha incentivado a desarrollarnos como civilización.

Sin embargo no ha sido hasta finales del siglo XX cuando hemos tomado conciencia del dicho término. ¿Por qué? En primer lugar porque asistimos a dos guerras de alcance mundial durante la primera mitad, que obligaron a una reorganización de relaciones y poderes a escala global con la aparición de organismos supranacionales como la Organización de Naciones Unidas. En segundo lugar, porque los medios de transporte se han desarrollado a un ritmo vertiginoso. Pero la piedra de toque definitiva ha sido la revolución de las comunicaciones y la aparición y uso generalizado de Internet. El mundo en su totalidad se nos ha hecho accesible a las personas de formas que eran inimaginables hace tan solo un siglo.

Por lo que he expuesto podemos deducir que la globalización es perceptible como un hecho positivo y sobre todo imparable, como la consecuencia lógica del potencial del ser humano como especie. Sin embargo, algo ocurrió a finales del siglo XVII que ahora nos está atormentando: Isaac Newton formuló la tercera ley de la dinámica. Con toda acción ocurre una acción igual y contraria.

¿Quién iba a decirnos que potencias económicas de primer nivel iban a abanderar procesos de proteccionismo y nacionalismo como los que se están gestando en nuestros días? ¿Quién iba a suponer que la eliminación progresiva de fronteras y la libre circulación de personas y mercancías se iban a topar con el endurecimiento de las barreras entre países y la reivindicaciones nacionalistas? ¿Cómo imaginar que el siglo XXI nos iba a desmontar el proceso de integración social, racial e intercultural, mediante la aparición de movimientos xenófobos y el auge de organizaciones radicales?

Efectivamente, vemos cómo fuerzas contrarias a la globalización están tomando cada vez más fuerza, organizándose y frenando este proceso de desarrollo a escala mundial. Es lo que se podría denominar una INVOLUCIÓN GLOBAL.

Para comprobar lo que acabo de decir no hace falta más que fijarse en hechos muy significativos que están ocurriendo ahora mismo.

 

            En Estados Unidos se ha elegido presidente a una persona (persona que merece un artículo aparte) que defiende el proteccionismo más puro, que ha manifestado la conveniencia de incumplir acuerdos internacionales por el bien nacional, que ha manifestado una animadversión manifiesta hacia la inmigración, que ha defendido el aumento y el endurecimiento de barreras tanto físicas como legales y administrativas hacia los inmigrantes, y que menosprecia en definitiva las relaciones internacionales.

 

            En Reino Unido, contra todo pronóstico, se ha aprobado el proceso de desconexión de la Unión Europea. Este proceso va a implicar un inevitable mayor grado de aislamiento del país, con medidas que ya se están discutiendo como la penalización a las empresas que contraten a trabajadores no británicos.

 

            En toda Europa los partidos ultranacionalistas euroescépticos han experimentado un apoyo enorme y preocupante, como se ha podido comprobar en Francia con el Frente Nacional de Marine Le Pen, o en países como Grecia, Hungría o incluso Finlandia, sobre todo a raíz de la emergencia humanitaria derivada de la crisis de refugiados sirios de hace unos meses.

 

            En España, sin ir más lejos, los partidos nacionalistas y separatistas catalanes han intensificado sus reivindicaciones en los últimos años hasta el límite de la desobediencia constitucional, luchando por una ruptura del estado para conseguir su independencia.

 

            Pero esta tendencia antiglobalizadora no es exclusiva de partidos de la derecha. Las manifestaciones antisistema y los disturbios se han recrudecido en cada cumbre internacional de países aliados. La presencia de este tipo de grupos que, si bien es heterogénea, suele incluir a  anticapitalistas y ecoanarquistas, se ha convertido en habitual y reclaman un espacio e influencia cada vez mayor. Paradójicamente, ese espacio e influencia lo están consiguiendo gracias a herramientas como las redes sociales y la conectividad global, herramientas que son el mejor exponente de la globalización.

 

            Llevado al extremo, incluso existen países que se encierran en sí mismos de forma casi enfermiza, con la firme determinación de sufrir la menor influencia externa posible aun a costa del bienestar de sus propios ciudadanos, como puede ser el caso de Corea del Norte o Venezuela. Pero incluso ellos sufren las consecuencias económicas de la falta de unas relaciones internacionales normalizadas.

           

            Admito que cada uno de estos ejemplos que he mencionado es diferente y tienen sus propios análisis en los que no voy a entrar. Pero todos son realidades y amenazas igual de poderosas que el proceso de unión global al que intentan neutralizar y desmontar. 

 

            Una característica de esos movimientos de involución es que se sirven de una motivación sesgada de la realidad. Ninguno de ellos hace un balance de supuestos beneficios y perjuicios, sino que pretenden romper la dinámica de desarrollo y progreso que se ha demostrado eficaz globalmente por la promesa de una mejora local hecha siempre por unos pocos. Y esos líderes no contemplan en ningún momento las consecuencias negativas de esa ruptura global. Les basta con que sus promesas sean lo suficientemente atractivas, con implantar un miedo a no actuar de modo correcto para que sus seguidores no se planteen nada más. Mi pregunta es ¿por qué? ¿Por qué hay gente que se autoconvence sin hacer preguntas?  ¿Tan crédulos somos?

 

            Mi respuesta es muy clara: manipular la realidad y aprovecharse de la credulidad de la gente es una práctica más frecuente de lo pensamos. Sin ir más lejos, por ejemplo, estos días estamos siendo testigos de denuncias de tergiversación de hechos históricos en los libros de texto del sistema educativo catalán con el evidente objetivo de justificar históricamente una postura nacionalista. De esa manera se puede manipular la realidad, eliminando la libertad para saber y decidir, creando ignorancia deliberada, moldeando las mentes a medida para que no haya preguntas ni dudas hacia la idea que esos movimientos intentan implantar.

 

            Desgraciadamente saben perfectamente que la ignorancia es muy difícil de combatir. 

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