Sin Rodeos, con S. Iñesta

Cada vida perdida en el mar o en Gaza es un crimen contra toda la humanidad

El drama de la inmigración en el Estrecho y la tragedia en Palestina comparten una misma raíz: la indiferencia ante la pérdida de vidas humanas

Dice el Talmud que quien salva una vida, salva a la humanidad. Europa parece haber hecho la lectura contraria: quien deja morir a un migrante, está salvando la frontera. Y así convertimos el Mediterráneo en una morgue a cielo abierto.

En Ceuta, en lo que llevamos de año, el mar ha devuelto más de una veintena de cuerpos. Eran hombres y mujeres que intentaban llegar nadando por el espigón del Tarajal. Otros, los que tuvieron suerte, fueron rescatados por la Guardia Civil o la Marina marroquí. Y en otros puntos son barcos como los de Open Arms los que arrancan a la muerte a quienes se juegan la vida. Eso sí, para Abascal y compañía esos barcos deberían hundirse, porque rescatar vidas es —según su genialidad— “negrero”. Es curioso: salvar ahogados esclaviza; dejar morir, en cambio, debe de ser libertad pura.

La inmigración no se frena prohibiendo ONG ni levantando muros. La desesperación no entiende de leyes de extranjería. Por eso cada vez que un ministro presume de blindar fronteras, lo que realmente está anunciando es más cadáveres en la arena. Y las playas de Mauritania, Canarias o Ceuta lo recuerdan cada día.

Hablando de barcos: este domingo zarpó desde Barcelona la Global Sumud Flotilla, una veintena de embarcaciones y unas 300 personas que intentan llevar ayuda humanitaria a Gaza. En el Muelle España, decenas de ceutíes se reunieron para una simbólica despedida, convocados por Ceuta Ya! y denunciar un genocidio que mata tanto con bombas como con hambre.

Y aquí viene la ironía macabra: mientras un cadáver flota en el Tarajal o un niño muere de inanición en Gaza, Europa celebra sus cumbres sobre derechos humanos. En Bruselas discuten etiquetas: “ilegal”, “migrante económico”, “daños colaterales”. Pero el mar y las fosas comunes no entienden de eufemismos: solo devuelven muertos.

Cada cuerpo hundido o bombardeado es un recordatorio brutal. La humanidad no la están perdiendo ellos. La estamos perdiendo nosotros. Y lo más indecente es que empezamos a acostumbrarnos al olor.

Decir la verdad incomoda. No decirla, a la larga, sale mucho más caro.

Sin rodeos: prefiero perder un clic que perder el respeto.

S. Iñesta