Cuando la televisión pone a una madre en el centro de la diana
Un programa de TV la presentó como negacionista y simpatizante de Hamás a la activista Hanan Alcalde. Denuncia que sus palabras fueron recortadas, su mensaje distorsionado y su seguridad, puesta en entredicho
La activista ceutí Hanan Alcalde denuncia haber sido víctima de un “terrorismo informativo” tras ver manipuladas sus declaraciones en televisión, lo que la ha expuesto a un riesgo real para ella y su familia.
Hanan Alcalde no es un rostro anónimo para ponernos la conciencia a salvo. Granadina de nacimiento, ceutí de adopción desde hace 25 años, madre de seis hijos, es una activista que hoy navega en la Global Sumud Flotilla rumbo a Gaza. Va a dar visibilidad a una crisis humanitaria. Lo que la ha puesto en peligro, sin embargo, no ha sido el mar: ha sido la televisión.
El programa 'En boca de todos' practicó el más rentable de los oficios: cortar, pegar y fabricar un relato. De una intervención compleja —en la que Hanan negó las violaciones porque entonces no había informes verificados y, a la vez, señalaba abusos ya documentados en checkpoints— hicieron un fotograma perfecto de villana: negacionista de las muertes del 7 de octubre y, según la edición, con supuestos vínculos con Hamás. Lo que convenía al espectáculo se impuso sobre lo que dijo. Y eso mata.
No hablo de matices retóricos: hablo de consecuencias concretas. El vídeo manipulado fue amplificado por altas instancias y colocado en el escaparate internacional; llegaron las acusaciones, las amenazas y el riesgo real para la integridad de Hanan y su familia en Ceuta. Una madre con nombre y apellidos pasó, en minutos, de ser interlocutora a diana mediática. Eso no es informe; es linchamiento.
La pregunta que deberíamos hacernos es elemental: ¿qué responsabilidad tienen los medios cuando su búsqueda de audiencia se convierte en fábrica de enemigos? Toda. Porque el periodismo, cuando actúa con ética, contrasta, contextualiza y protege a las fuentes. Cuando recorta voces para ensamblar guiones hostiles, deja de ser servicio público y se transforma en instigador. Y en tiempos de polarización, la instigación tiene efectos previsibles: odio, violencia y, en casos extremos, peligro físico.
Hanan dijo lo que dijo: no negó las muertes, cuestionó una afirmación sobre violaciones por falta de verificación y denunció otros abusos documentados. Eso no encajaba en la versión preparada por un plató que prefirió el titular fácil al rigor. El resultado es la parapetación del sensacionalismo sobre la verdad y, con ella, la exposición de una vida.
Si normalizamos que los medios manipulen el relato público, estamos normalizando la persecución. Hoy es Hanan; mañana puede ser cualquier voz crítica, cualquier activista, cualquier vecino señalado por un montaje. La tijera editorial, cuando no obedece a la ética, es un arma que atraviesa reputaciones y cuerpos.
Sin rodeos: manipular no es informar, es delinquir con audímetro.
No corten la voz a una madre; podrían estar recortando su vida.