El peligro de informar sobre Ceuta desde un despacho de Madrid
Cuando no conoces una ciudad, la verdad es lo primero que se sacrifica
Esta semana me he vuelto a encontrar con algo que, por desgracia, no es nuevo: titulares sobre Ceuta escritos desde muy lejos de Ceuta. Noticias cocinadas sin pisar sus calles, sin mirar a la cara a quienes se nombran, sin levantar un solo teléfono para contrastar, solo por la mera búsqueda del clic fácil.
El último ejemplo tiene nombre y apellidos: Naima A., activista ceutí, que esta semana se ha visto obligada a anunciar acciones legales contra OkDiario por vincularla —falsamente— con un grupo marroquí que mutiló la estatua de un conquistador en Melilla y que aboga por recuperar ‘El Gran Marruecos’. El titular se publicó, corrió como la pólvora, alimentó prejuicios y reforzó esa imagen de Ceuta que a algunos les interesa proyectar: una ciudad ajena, lejana, conflictiva, a la que le puede ‘caer’ cualquier sambenito.
Pero la realidad, como casi siempre, es otra. Naima nunca tuvo relación con ese grupo. Lo negó, lo demostró, lo explicó. Y nosotros, en Ceuta Actualidad, lo contamos. Porque aquí estamos. Aquí vivimos. Aquí contrastamos y hablamos con Naima.
Este caso no es solo un problema de un medio concreto. Es la prueba de lo que pasa cuando se pretende contar Ceuta desde un despacho de Madrid —o de Sevilla—: se alimenta el bulo, se retuerce el relato, se mancha la reputación de personas reales, con familia, trabajo y vecinos, a los que después nadie va a pedir disculpas en la portada.
Y la culpa no es solo de quien publica. También de quien consume sin pensar. De quien comparte sin leer. De quien prefiere un titular escandaloso a una verdad incómoda.
En Ceuta nos conocemos todos. Sabemos cuándo algo no cuadra. Por eso, para entender esta ciudad, hay que pisarla. Hablar con la gente. Entrar en sus barrios. Escuchar. Y preguntar. Y volver a preguntar. Eso es periodismo. Lo otro es oportunismo.
Sin rodeos: no hay periodismo posible sin respeto a la verdad ni sin respeto a la gente de la que se escribe. Y para eso, a veces, hace falta algo tan simple como mirar a los ojos y no esconderse tras un clic.
Decir la verdad incomoda. No decirla, a la larga, sale mucho más caro.
Sin rodeos: prefiero perder un clic que perder el respeto.