Antonio Manuel desnuda el alma del flamenco en Ceuta
Una noche de levante y memoria en Ceuta: Antonio Manuel habló del alma del flamenco acompañado por José María Cala y el guitarrista ceutí Manuel Pérez en 'Flamenco: Arqueología de lo jondo'
El autor cordobés presentó *Flamenco: Arqueología de lo jondo* en la Estación de Ferrocarril, en una velada donde palabra, cante y guitarra se fundieron para reivindicar las raíces mestizas de un arte nacido de lo prohibido.
Antonio Manuel, hijo de Antonio que a su vez fue hijo de Manuel, sin necesidad de apellidos, cumplió con su promesa: no vino a Ceuta a hablar de un libro, vino a hablar del alma. Del alma del flamenco, de las raíces de un arte nacido de lo prohibido, de lo que se quiso borrar de la memoria y que, sin embargo, permanece. Porque en las tres orillas donde germina lo jondo —Andalucía, América y el Magreb— laten las voces de quienes llegaron y nunca pudieron ser silenciados, por mucho que los “ilustrados” lo intentaran.
La presentación de Flamenco: Arqueología de lo jondo en la plaza del Centro Cultural Estación de Ferrocarril fue un espectáculo de palabra y aire. Una noche de viernes atravesada por el levante, ese mismo que huele a mar y arrastra todavía ecos de las raíces araboandalusíes de Ceuta. Allí, el autor cordobés se acompañó de José María Cala, cantaor capaz de oscilar entre la seguirilla más dolida y los registros más andalusíes, y del guitarrista ceutí Manuel Pérez, que dio cuerda a un encuentro en el que la palabra y el arte se fundieron como una misma cosa.
Durante más de una hora, Antonio Manuel recorrió los sones: desde la nana primera hasta una petenera. Desgranó cómo en España se quiso arrebatar la memoria de nuestras ascendencias históricas, y cómo en ese mosaico de silencios aún faltan piezas. Piezas que él busca en las palabras, porque —defiende— “las cosas existen cuando se nombran, y solo entonces existen”.
Uno de los momentos más intensos se vivió cuando la llamada a la oración, el Adhān, se abrazó con una soleá. El autor explicó los porqués ocultos en los zaguanes, en la seguirilla que brota del duende, en la mística del sufismo que late en cada palo. “El flamenco es la herejía del poder”, afirmó, “la rebeldía del distinto”.
De los esclavos que ahorraban para comprar su libertad, al dolor de la persecución en el siglo XV. De la petenera que se canta contra el destino, a la bulería que celebra la alegría pese al castigo. Cada palo con su origen, su cicatriz, su resistencia.
Antonio Manuel terminó con un perdón y un agradecimiento. Perdón por haber comprimido siglos de flamenco en tan poco tiempo. Gracias a Ceuta, a su gente y a los técnicos que hicieron posible un espectáculo que reunió a un centenar de asistentes.
Y aún quedaba el broche. Antes de que José María Cala cerrara con la bulería Catalina, el autor volvió a lo reivindicativo: contra la guerra, contra las bombas, contra los mensajes de odio. A favor de la cultura como arma de vida. Y sonó ese último cante que es lamento y memoria:
“Una china que tenía se fue a Alemania y no volvió;
y a Alemania me voy, y no a divertirme;
a tomarme un veneno, yo quiero morirme.”