La compleja transición del servicio de limpieza en Ceuta

Servilimpce sigue buscando orden

Basura y suciedad en las calles de Ceuta

Servilimpce nació para reforzar la gestión pública del servicio de limpieza, pero sigue atrapada en una estructura incompleta, sin dirección financiera clara y con una organización que aún no termina de encontrar su rumbo

La estabilidad de una empresa pública no se construye con declaraciones ni con voluntarismo. Se construye con estructura, con procedimientos y con responsabilidades bien definidas. Y eso, a día de hoy, sigue siendo exactamente lo que le falta a Servilimpce.

Este medio lo advirtió hace tiempo: contar con un director financiero no es un capricho burocrático ni una extravagancia técnica. Es una pieza básica en una sociedad municipal que maneja millones de euros, cientos de trabajadores y uno de los servicios más visibles —y más fiscalizados— por la ciudadanía.

Sin embargo, la sensación instalada es otra: la empresa continúa funcionando sin ese eje interno que ordene las cuentas, marque procedimientos y coloque cada función en su sitio. La salida del anterior gerente no ha despejado el ruido; simplemente ha desplazado el foco.

Ahora todas las miradas se dirigen al responsable político del área. Y sí, la responsabilidad política existe y no se puede esquivar. Pero empieza a ser evidente que el problema no es solo de nombres. Es de estructura. De una estructura que aún no ha encontrado su rumbo.

La transición desde la gestión privada de Trace a la empresa pública Servilimpce está resultando mucho más compleja de lo que se quiso admitir al principio. Probablemente una de las operaciones administrativas más difíciles que ha tenido que afrontar el presidente Juan Vivas en más de dos décadas de gobierno.

Porque no se trata únicamente de asumir un servicio. Se trata de ordenar una organización que roza los quinientos trabajadores, establecer jerarquías claras, ajustar responsabilidades a titulaciones y poner controles económicos que impidan que el barco navegue sin brújula.

No vale todo. No puede valer todo.

Y quizá al nuevo gerente no le vendría mal pisar, de vez en cuando, alguna que otra caca de perro por la calle. No por mala suerte, sino como recordatorio de la realidad que gestiona la empresa que dirige. Porque Servilimpce no necesita una figura beatificada en el despacho. Necesita mano firme para corregir inercias y poner límites a quienes hoy caminan demasiado cómodos a su alrededor.

La gestión pública puede funcionar. Y puede hacerlo bien. Pero solo cuando se ejerce con criterio, con rigor y con una estructura profesional que impida que los intereses personales, los rencores o las batallas internas contaminen lo que debería ser, simplemente, un servicio a la ciudad.

Porque si algún día alguien termina diciendo que este servicio cuesta el triple que cuando lo prestaba una empresa privada, el problema no será el modelo público.

El problema habrá sido no haber querido gestionarlo como se debía.