El desvarío del reverendo O'Reilly

Mezzolano, el prodigio que defecaba ideas

reverendo o'reilly

O’Reilly nos deleita esta semana con un revelador artículo en el que se da cuenta de la apasionante  historia de Giuseppe Mezzolano, un modesto campesino calabrés que devino en referencia intelectual inexcusable para la sociedad de su tiempo.  

La literatura médica no recoge caso más extravagante que el de Giuseppe Mezzolano, un campesino calabrés cuyo intestino grueso, renuente a aceptar las servidumbres impuestas por la evolución, un buen día comenzó a defecar ideas. Mezzolano no fue consciente de la singularidad de su aparato digestivo hasta que una hermosa mañana de verano, impulsado por el apremio de la naturaleza, bajo la fresca umbría de una higuera, se bajó los pantalones y evacuó un imperativo categórico kantiano. No habrá de subrayarse que el pobre hombre resultó ser el primer sorprendido.

De ahí en adelante, lo excepcional se convirtió en rutina. Mezzolano transformó en un templo del saber la modesta letrina comunitaria que compartía, por turnos, con los varones adultos de la diminuta aldea donde vio la primera luz. Cuando no era una explicación del mundo como voluntad y representación se trataba de una reinterpretación del eterno retorno nietszcheano. “Exonerar el vientre ya no es lo que era”, se lamentaba el desgraciado.

Ni que decir tiene que, gracias a su insólita habilidad, el pobre campesino adquirió una relevancia pública en la sociedad de su tiempo que nunca quiso para sí. Las sociedades médicas y las instituciones científicas enviaban a sus delegados al humilde villorrio en el que residía para tentarle con suculentas ofertas a cambio de someterse a los más estrafalarios experimentos. Pero fue el gerente interino de un think tank vinculado a una formación política con sede en la capital el que acabó llevándose el gato al agua.

Ya en Roma, Mezzolano advirtió el alcance de sus involuntarios logros, la revolución que en los ámbitos político, cultural y social había devenido de esa pertinacia suya por deponer sesudas construcciones intelectuales en lugar de las vulgares heces que expelieron, antes que él, las generaciones de anónimos mezzolanos que le precedieron. Una liviana digestión alumbraba, pocos minutos más tarde, un opúsculo sobre la muerte del capitalismo; una comida copiosa y especiada, un grueso volumen sobre teosofía y religiones reveladas; un acceso diarreico, un programa electoral.

La fama de Mezzolano quebró fronteras, franqueó puertas condenadas, allanó palacios y centros de poder. Las academias, los ateneos, los parlamentos, las universidades reclamaban la presencia de aquel prodigio en sus tribunas. “La ha vuelto a cagar”, celebraba encomiásticamente la intelectualidad de su tiempo cuando el campesino, a la carrera y con un rollo de Scottex en la mano, revelaba al mundo alguna de sus inspiradoras ideas.

Sólo la muerte, artera y perseverante, sería capaz de poner fin a aquella feliz y prolífica aventura. Y fue ella, quién si no, la que una infausta noche de invierno arrebató del mundo a Mezzolano, justo en el momento en el que, acomodado en el excusado, expelía la última ponencia que el presidente del partido debía defender en la sesión plenaria de congreso confederal.

Las exequias fúnebres estuvieron a la altura de la talla del finado. Afianzada la quijada con una mortaja, el cuerpo exánime descansaba en un féretro bellamente adornado con lirios y rosas negras. Las plañideras lloraban la irreparable pérdida, las autoridades conversaban quedamente sobre la vanidad de la existencia, los advenedizos trasegaban los alfajores que la viuda había dejado sobre una bandejita de plata para agasajar a sus huéspedes.

Y en ésas estaban cuando de improviso, rompiendo el doliente silencio de la estancia, un quejido agudo y reiterado se dejó oír perturbando con su cadencia a los presentes. Un gas postrero, acumulado en las sinuosidades del aparato digestivo del cadáver, se había abierto paso hacia el exterior como el hurón que, animado por la tenue luz que vislumbra al fondo, recorre la madriguera en busca de la fresca brisa que no encuentra en su refugio subterráneo. “Un cuesco post-mortem”, informó al respetable el doctor Gabrielle Lorenzetti, invitado al sepelio.

Y todos supieron, entonces, que Mezzolano acababa de expresar al mundo su última voluntad.  

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