El desvarío del reverendo O'Reilly

Tragedia entre los hielos

TRAGEDIA ENTRE LOS HIELOS O'REILLY

"Casi todos murieron" es el título de la obra con la que su autor, el periodista británico Grimesby Roylott, obtuvo en 1995 el premio Bernardette Schaf-Gekackt, que concede anualmente la Fundación BSG para el Estudio de la Naturaleza Humana. Sean O'Reilly, presidente de honor de la entidad, comparte esta semana con nosotros esta apasionante historia, la de un grupo de seres humanos señalados por un destino trágico. 

Fue el mar, animal artero e inmisericorde. Aún hoy, después de transcurridos tantos meses desde la tragedia, vemos sus rostros, oímos sus risas, advertimos la agitación contagiosa de la tripulación, la gárrula confusión de confidencias a pie de muelle antes de emprender la singladura que se reveló funesta. El perfil del buque oceanográfico “Nuestra Señora de La Palma” se recorta en el atraque, enmarcado por las líneas familiares del viejo Peñón. Los intrépidos marinos atraviesan con paso firme la escala que les conduce a las entrañas de la embarcación donde ya viaja, sin haber sido presentido, el ángel de la muerte. 
La expedición había sido organizada por el Ayuntamiento de Algeciras con el propósito de conferir a la institución esa pátina de prestigio que concede cualquier empresa de carácter científico. El “Nuestra Señora de La Palma”, fletado por la Diputación Provincial, fue pertrechado para un largo viaje que habría de concluir en la Isla de Wrangel, en pleno Océano Ártico, donde un equipo de reputados especialistas debía invertir en el estudio de la población local de morsas los seis meses estimados para la duración de la campaña. 
Un comité de expertos recibió la encomienda de seleccionar a los más relevantes científicos y experimentados navegantes a fin de garantizar el éxito de tamaña empresa. Era inexcusable que dicho comité estuviese compuesto por espíritus cultivados, de intelecto tenaz y diligente, avezados conocedores de las ciencias que estudian los hábitos de las bestias del océano, gente sagaz, de sólida formación y atinado criterio. Como sucediese que resultó imposible hallar a nadie con tales condiciones, el comité de selección acabó estando integrado por el alcalde de Algeciras, el presidente de la Diputación Provincial, el jefe de la leal oposición municipal, el responsable de la Oficina de la Coordinación del Estado y, en calidad de consultor pericial, el asesor para asuntos marítimos del Ayuntamiento de Castellar. 
Atrapados en el hielo, extenuados por meses de errática navegación, agotados los víveres, los integrantes de la expedición fueron sucumbiendo a las fuerzas de la naturaleza en aquel lugar del mundo tan inhóspito. Las causas de la catástrofe fueron debatidas durante semanas por los miembros de la corporación municipal sin que, a la postre, pudiera determinarse qué cúmulo de circunstancias, qué suceso imprevisto, qué conjunto de imponderables eran capaces de explicar aquella terrible desventura. 
Hubo quien sugirió que los criterios seguidos para la elección de los miembros de la expedición no atendieron a las verdaderas necesidades de una misión de tal envergadura. Algunos dudaron de la capacidad del capitán del buque, un cuñado desempleado del señor alcalde entre cuyos méritos se ponderaron sus dos viajes a Ceuta en clase turista, su participación anual en la romería de la Virgen del Carmen y su tolerancia a la Biodramina. Idénticos criterios fueron los utilizados para la selección del resto de la tripulación, entre quienes podían contarse decenas de parientes consanguíneos, uterinos y afines de otros tantos cargos públicos, tan negados para la navegación como para hallar un empleo por su cuenta. El equipo científico tampoco escapó a la inquisición de los críticos. Baste decir que el biólogo coordinador, hijo de un veterano afiliado al partido, viajaba con la inseparable compañía de la fotografía de una morsa, no fuera a confundirla con un pingüino.
Sólo los enviados especiales de los diarios locales destacados a bordo fueron capaces de sobreponerse al hambre y las calamidades, y, de este modo, sobrevivir. Tampoco tiene mérito. Los míseros salarios que perciben de sus empleadores les han habituado a arrostrar todo tipo de penalidades.

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