La Ciudad

una cabalgata clásica para la víspera de la fiesta de los niños

Los Reyes Magos sortean la amenaza de lluvia

La Cabalgata, a su paso por Hadú (C.A.)
photo_cameraLa Cabalgata, a su paso por Hadú (C.A.)

Las impresiones que dejan tras de sí las cabalgatas de Reyes están condicionadas por el gusto y las inclinaciones de cada cual. Este año las cosas tampoco han sido diferentes.

Sus Majestades Melchor, Gaspar y Baltasar han recorrido esta tarde las calles de la ciudad con un ojo puesto en los negros nubarrones que, como una improvisada escolta, les han seguido durante todo el recorrido.

La incertidumbre no ha amedrentado a los visitantes orientales, cuya estampa, como ocurre en todo acontecimiento público, ha recibido, seguramente, halagos y vituperios, reacciones condicionadas a los gustos, inclinaciones y apetencias de cada cual.

La lacia caída del armiño sobre los hombros de Gaspar y, sobre todo, la grácil pluma de tonos amarillos y naranjas que cubría su tocado habrían de despertar, sin género de duda, el recelo de algún progenitor irritado por el desprecio a la tradición que exige a cualquier monarca que se precie, tal y como los mayores aprendimos mientras transitamos la edad pueril, un porte varonil y severo. Un padre beligerante con estos excesos amanerados que, en nombre de ideas corruptoras, ponen en cuestión la heterosexualidad de nuestros asendereados Reyes Magos. Desviaciones que, defiende gallardamente, han de ser erradicadas de toda manifestación cívica y, en particular, de aquéllas que cuentan entre su público con una población que por edad e inmadurez de entendimiento podrían ser víctimas del proselitismo de ideologías pervertidas. Y este hombre garrido eso no lo perdonará jamás, jamás.

No ha sido corroborado por fuente alguna, pero, además, podemos imaginar a ese mismo progenitor mirando de hito en hito a Su Majestad Baltasar, el rostro encarnado de santa indignación ante la evidencia de que aquel individuo que reparte caramelos entre los excitados niños es un hombre de raza negra, un extranjero probablemente, un intruso en una tradición de origen cristiano y profundamente decente, y toma la presencia de aquel sujeto sobre la carroza como una ofensa a sus principios más inviolables, como un insulto a la fe de sus mayores, como una afrenta contra la España inmarcesible, como… Y así sigue hasta que un buen samaritano, temeroso de que caiga fulminado por una apoplejía, le recuerda que Baltasar ha sido negro de toda la vida, incluso durante el mandato de Serrano Suñer al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores.

La revelación consuela al padre iracundo, quien murmura entre dientes, a modo de justificación, una expresión de alivio para celebrar que, si bien negro, y visto desde aquí, junto a la estatua del penitente y el aguador, al menos Baltasar no parece homosexual.

Las tribulaciones de este españolísimo progenitor no trascienden al resto de miles de personas que siguen el desfile y aspiran a cazar al vuelo alguno de los caramelos que surcan el cielo esta tarde de víspera de Reyes.

No parece que vaya a llover. Ni que ninguna drag queen vaya a emerger, émula de Esther Williams, de la carroza de Melchor.

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