Feria de Empleo 2025

De piloto a ejemplo de resiliencia: la carrera más larga de Carlos Tatay

Carlos Tatay durante la ponencia / M.Zapico

A veces la vida te detiene de golpe. A Carlos Tatay lo frenó un muro a más de 260 km/h, pero lo que ocurrió después fue aún más difícil: reconstruirse. En Ceuta ha narrado cómo transformó la oscuridad de aquel accidente en el impulso para una nueva carrera deportiva

Hay días en los que el periodismo vuelve a colocarte frente al espejo y te recuerda por qué elegiste esta profesión. Días en los que, entre ruedas de prensa rutinarias y temas que apenas dejan poso, aparece una historia que te atraviesa. Hoy, en el salón de actos del Ayuntamiento, ocurrió eso. Una mañana para dejar de quejarse y escuchar. Una mañana de Carlos Tatay.

La Cámara de Comercio había programado su ponencia, “Estrellarse para despegar”, dentro de la Feria de Empleo 2025, un evento ya asentado en la agenda económica ceutí, con más de 300 ofertas laborales sobre la mesa. Pero entre stands y currículums, la historia que se contó sobre el escenario fue mucho más profunda que una charla motivacional.

La primera caída: un niño, una moto y la amenaza de perder la vista

Tatay arrancó retrocediendo hasta los cinco años, cuando cumplió la promesa de su padre: subirlo a aquella pequeña moto de gasolina que le habían regalado por Reyes… siempre que superara un contratiempo que amenazó con truncarlo todo. A los tres años se despertó viendo doble. Los médicos avisaron de que podía perder la visión del ojo izquierdo. Un jarro de agua fría para sus padres y para un niño de tan solo 3 años. Finalmente, gracias a los parches, recuperó la vista. Y entonces sí, llegó el polígono, la moto y los primeros destellos de lo que sería su vida.

Carlos Tatay durante la ponencia / M.Zapico

Lo que empezó como un juego —“era como un extraescolar más”, contó entre risas— pronto se convirtió en disciplina. Con seis años compitió por primera vez. Con once, un mánager lo fichó para el Campeonato de España. A partir de ahí, todo subió como la espuma: viajes constantes, victorias y la llegada de la oportunidad que lo cambiaría todo: la Red Bull Rookies Cup, la antesala del Mundial.

El adolescente que vivía entre aulas y circuitos

Tatay relató cómo, con apenas 13 años, ya acumulaba más de 260 días al año fuera de casa. Llegó al Mundial Junior de Moto3 y, a los 15, Red Bull puso un contrato sobre la mesa. Pero el ascenso venía con una sentencia clara: debía rendir como un adulto. “O estudias o compites, pero tienes que rendir al máximo nivel”, le advirtieron desde la marca.

Su entrenador, Marcos, fue tajante cuando la familia dudó: si quería ser piloto del Mundial, debía demostrarlo. Madrugones a las seis, dobles entrenamientos, clases por la mañana y montaña por la tarde con un frontal para iluminar los caminos. “Aquí aprendí lo que me ha guiado toda mi carrera: constancia, disciplina y sacrificio”.

Carlos Tatay durante la ponencia / M.Zapico

El esfuerzo dio frutos: llegó su primer podio, su primera pole y su primera victoria en Moto3. Pero su cuerpo empezó a ir en contra del deporte al que pertenecía. Creció, ganó peso y la categoría no perdona. Red Bull le exigía mantenerse por debajo de 63 kilos bajo amenaza de rescisión de contrato. Lo intentó todo: entrenar en altura, horas infinitas de ciclismo, nutricionistas… Llegó al 5,3% de grasa corporal. Una barbaridad. Entonces tomó una decisión dolorosa pero inteligente: bajar al Europeo para subirse a una Moto2, más adecuada a su físico. Y funcionó. Su carrera volvía a acelerar.

Portimão: el día en que “se partió en dos mitades”

Hasta que el 2 de julio de 2023 todo cambió. En Portimão, a más de 260 km/h, sufrió un accidente brutal que él mismo relató con crudeza. Recordó cómo, al deslizar por la pista, esperaba que llegara la grava para frenar… pero nunca llegó. El impacto contra el muro fue devastador. “Metía la mano en la pierna y no sabía dónde estaba. No notaba nada de pecho para abajo”. En el centro médico escuchó lo que no quería oír: lesión medular.

Allí, consciente de todo, pidió ver a su padre. “Papá, me he quedado paralítico”, le dijo. Después, solo pidió una cosa: ir al Hospital de Toledo. 

La incertidumbre lo acompañó durante meses de ingreso. Lo describió como lo más duro del proceso: “Nadie te dice absolutamente nada de lo que va a pasar”. A eso se sumó la decepción con las federaciones española y valenciana, de las que asegura haberse sentido “dejado de lado”.

Carlos Tatay durante la ponencia / M.Zapico

La segunda carrera: vivir

La ponencia dejó claro que ese accidente no frenó nada. Que su vida no terminó en una camilla de Portugal ni en una habitación de Toledo. Tatay habló de la gratitud por seguir vivo, de la batalla diaria y de cómo decidió transformar la caída en un nuevo punto de partida.

Hoy, a sus 22 años, ha cambiado las motos por el automovilismo adaptado. En octubre anunció su regreso a los circuitos con el objetivo de crecer en esta disciplina y, a medio plazo, competir en pruebas de resistencia como las 24 Horas de Le Mans. Una meta que ya no suena a sueño imposible, sino a destino natural de alguien que lleva toda la vida combinando vértigo y resiliencia.

Una lección en tiempos de queja fácil

Al terminar la charla, el aplauso fue largo, sincero, de esos que salen de la tripa. La sensación general era la misma: ¿cómo vamos a quejarnos de nuestras pequeñas batallas cuando alguien se sienta delante y te dice, con serenidad, cómo aprendió a recomponerse después de estrellarse a 306 km/h?

Hoy, en Ceuta, Carlos Tatay no solo contó su historia. La volvió a encender. Y, de paso, recordó a todos que hay bombillas que, aunque se apaguen, siempre encuentran manera de volver a brillar.