Sin Rodeos, con S. Iñesta

Julia Ferreras, firme en sus convicciones: kufiya y bandera palestina en la ofrenda a la Virgen de África

Julia Ferreras, reivindicativa

Julia Ferreras no desaprovechó un acto solemne y simbólico como la ofrenda floral a la Virgen de África para visibilizar, una vez más, su apoyo al pueblo palestino. Lo hizo fiel a sí misma, con elegancia, pero sin renunciar a su mensaje

La diputada de Ceuta Ya! acudió al acto institucional con un pañuelo palestino y flores con los colores de la bandera palestina, en un gesto que mezcla fe, reivindicación y compromiso con un pueblo oprimido. Hoy no es domingo, pero el gesto merecía contarlo Sin Rodeos

En Ceuta, la política no se desconecta de las emociones ni de las creencias. Lo sabe bien Julia Ferreras, diputada de Ceuta Ya!, que este lunes acudió a la tradicional ofrenda de flores a la Virgen de África luciendo un matón que no era uno cualquiera: era una kufiya, el tradicional pañuelo palestino que desde hace décadas es símbolo de resistencia. Sobre su cabeza, un tocado de flores con los colores de la bandera de Palestina.

No era un gesto improvisado. Ferreras no suele actuar por impulso cuando se trata de sus convicciones. Quien la conoce sabe que no da puntada sin hilo: fiel a sus ideales, no deja pasar una oportunidad para visibilizar lo que considera una causa justa. Pero, ¿hasta qué punto puede convivir ese gesto con la solemnidad institucional que exige un acto público de naturaleza religiosa? ¿Cabe todo en el mismo escenario sin que se resienta el respeto mutuo?

La ofrenda floral a la Patrona de Ceuta es un acto solemne, cargado de simbolismo religioso y cultural. Y fue precisamente en ese marco donde Ferreras decidió colocar, una vez más, el foco sobre Palestina, un pueblo que sufre la ocupación, el bombardeo constante y la deshumanización. Lo hizo desde su lugar, desde su identidad, desde su sensibilidad política. Pero también desde su cargo público, un detalle nada menor. Porque los símbolos importan, y el contexto también.

Muchos hablarán del gesto, algunos lo aplaudirán, otros lo criticarán. Quizá no falten quienes lo consideren una provocación, un uso indebido de un espacio compartido para promover una causa política que, por más legítima que sea, no es unánime. Ferreras no buscaba unanimidad, eso está claro. Buscaba coherencia. Esa coherencia que ha hecho de ella una figura reconocible dentro y fuera del pleno. Pero la coherencia no exime del debate. ¿Dónde se traza la línea entre la visibilización política y la instrumentalización simbólica?

En tiempos donde la neutralidad es cómoda, donde el silencio se disfraza de prudencia y el oportunismo se camufla de institucionalidad, ver a una diputada local aprovechar un acto de relevancia pública para recordar que hay un pueblo bajo asedio no es algo menor. Tampoco es inocuo. Ferreras sabe jugar con los símbolos, pero ¿está dispuesta la ciudad a leerlos sin trincheras?

Quizá no todo el mundo entienda el gesto. Quizá moleste. Pero lo que no se puede negar es que fue un acto con intención política, realizado en un espacio compartido, y que obliga a una pregunta incómoda: ¿tenemos espacio para estos gestos en la vida pública o preferimos que lo político se quede fuera de lo común de los mortales?

Decir la verdad incomoda. No decirla, a la larga, sale mucho más caro.

Sin rodeos: prefiero perder un clic que perder el respeto.

S. Iñesta