"El alma se arrodilla antes que el cuerpo": el sentido pregón de Javier Barceló a la Virgen del Rocío
No fue un discurso, fue una confesión. El pregonero abrió su corazón en la iglesia de Santa Teresa y dejó un pregón, hondo y sincero, convirtiendo la devoción en testimonio
Dicen que el Rocío no se explica, se vive. Pero este domingo, en una iglesia de Santa Teresa repleta de emoción, Francisco Javier Barceló logró lo que parecía imposible: traducir en palabras el susurro de la fe, el eco del camino y el estremecimiento del alma ante la Virgen. Su pregón, sincero y sin artificios, fue un viaje íntimo por las marismas del recuerdo y las arenas del corazón.
Con diez romerías a sus espaldas y cientos de vivencias a los pies del Simpecado de Ceuta, Barceló se enfrentaba por primera vez a una experiencia distinta: dar voz oficial a la Romería del Rocío 2025. Antes de entrar, confesó con humildad: “Es muy difícil expresar lo que sientes por dentro y plasmarlo en un papel”. Pero no defraudó.
El acto comenzó con la presentación de Adán del Campo Podadera, pregonero del pasado año y amigo íntimo del protagonista. En una intervención cargada de ternura y humor, Adán recordó que no hablaba solo como maestro de ceremonias, sino como hermano del alma: “Estoy hoy más nervioso que en mi propio pregón. Y eso que este no es aún el discurso de tu boda, que también me tocará darlo”, bromeó, entre risas del público.
Del Campo definió a Barceló como “un caballa de nacimiento, rociero por derecho y cristiano por la gracia de Dios”. Rememoró una amistad forjada entre guitarras, caminos y silencios: “Gracias por acompañarme, por decirme las verdades que necesito oír y por ser mis ojos cada Miércoles Santo”. Y le confió una última misión: “Este año no hay camino… así que llévatela tú, amigo. Qué en tu pecho viajen nuestras medallas, nuestras promesas y nuestro polvo bendito del camino”.
Con ese vínculo ya sellado, Barceló tomó la palabra. “Hoy, con la humildad de quien se deja llevar por la emoción, voy a intentar adentrarme en lo más profundo de tu ser…”. Así arrancó una intervención que fue más confesión que discurso, hilada con emoción y vivencias personales.
Acompañado por la mirada cómplice de su presentador, el pregonero recorrió su historia rociera desde aquel primer encuentro en 2013 hasta los momentos más recientes, ya teñidos de nostalgia. Habló de un amor creciente por la Virgen, de un vínculo que nació en la incertidumbre —una amenaza de bomba que truncó su primera romería— y maduró en la soledad de la ermita. “La Virgen se quedó en mí para siempre”, dijo.
Su relato fue una sucesión de estampas con el alma despierta: la entrada del Simpecado, la noche de las Piletas, el cruce por el Cancelín, la presentación ante la Blanca Paloma. Momentos narrados con un lenguaje cotidiano y poético, directo pero rebosante de ternura. “El alma se arrodilla antes que el cuerpo”, afirmó, arrancando los primeros aplausos de los testigos de este acto de fe.
No faltaron nombres propios. Pedro, el abuelo que sin serlo guía con su presencia; Manolo Guillén, “culpable” de que Ceuta tenga hermandad; Candela, la niña que pregonó como si hubiese nacido mecida por sevillanas; sus padres, su hermana, sus amigos y su compañera de vida, a quien conoció en el camino porque "la Virgen fue la que nos llevó de la mano al camino de la vida". Todos fueron parte de su testimonio.
También tuvo un recuerdo para los que ya no están, pero siguen caminando desde el cielo. “Este pregón también es por ellos”, dijo con la voz quebrada en uno de los momentos más emotivos de la noche.
No hubo artificio ni espectáculo. Solo verdad. Una verdad envuelta en vivencias y en acordes de guitarra: “No hay pentagrama que la contenga, ni partitura que la domine. Solo el corazón puede sacarle el alma”, confesó.
La Hermandad del Rocío de Ceuta vivió así un instante que ya forma parte de su memoria. El pregón de Barceló no fue solo un acto litúrgico o cultural. Fue una entrega. Una ofrenda viva tejida con devoción, humor y ternura. Una certeza: el Rocío, más que un lugar o una fecha, es un estado del alma.
El acto concluyó con un “¡Viva la Virgen del Rocío!” gritado desde el pecho. Y con las palabras del pregonero, que ya son herencia compartida: “Este pregón termina, que no acabe la emoción. Porque el final de esta historia… es solo el principio de tu bendición”.
En Ceuta, ese principio ya tiene voz y nombre: Francisco Javier Barceló.