Remitidos

Jacinto se va de Ceuta

Verán, ya les he hablado alguna vez de mi nieto. Hace poco, muy poco, quizás menos de quince años recuerdo cómo aún le llevaba de paseo por la calle Larga mientras le hablaba de cómo era Ceuta cuando yo era joven y empezaba a ganarme la vida... ¿He dicho calle Larga? Perdón, quería decir por la calle Jáudenes, miren que han pasado años y todavía no me he acostumbrado.

Él, en su inocente curiosidad infantil, me preguntaba si antes, hace cincuenta o sesenta años, había tanto funcionario, y yo le decía que no, que lo que había antes era mucho militar, y era una bendición. Los reemplazos de quintos iban y venían, miles de familiares acudían a las juras de bandera cada pocos meses y pasaban un par de días comprando y disfrutando de la ciudad. Los bazares florecían y el puerto era un hervidero, igual que la lonja de pescadores. Teníamos queso holandés y chocolate de importación como exquisiteces, cosas que en la península no se veían ni por asomo. Tampoco había valla que saltar porque no había inmigración que controlar, sólo algo de contrabando. La Guardia Civil patrullaba los montes de García Aldave a pie embozados en sus capas y usando los fortines como refugios nocturnos. No hace tanto de eso, y parece una eternidad.

 

-Abuelo, ¿y había tanto dinero como ahora? Tengo amigos que los dos padres son funcionarios y entre los dos se sacan más de seis mil euros al mes, y otro sólo trabaja en el Gobierno y se saca él solito siete y ocho mil euros mensuales entre unas cosas y otras. Y otro que vino de la península allí no llegaba a los dos mil euros y aquí ronda casi los cuatro mil entre extras y complementos y….

-¡Pero bueno, Jacinto! - le tuve que cortar. - ¿Es que no te han enseñado educación en casa? De lo que cobran los demás no se habla – sentencié un poco molesto.

 

Este Jacinto...  No le entiendo, la verdad. Yo jamás he hablado con mis amigos de lo que ganaban sus padres. El fanfarroneo en esta ciudad me mata.

 

-Pero bueno, abuelo, es que aquí hay gente que viene de fuera porque gana mucha pasta, muchísima. Si ese mismo estuviera a sólo 27 kilómetros, en Algeciras, se comía los mocos.

-Ya, lo sé, lo sé, pero eso no siempre ha sido así. Antes nos ganábamos la vida y nadie nos regalaba nada. Ahora es distinto, hay muchos derechos que se han convertido en privilegios, se llora para mamar de la teta gorda del Estado del Ayuntamiento y... bueno, eso nos ha matado a todos. Ahora no hay clase media, sólo hay gente que gana mucho dinero y gente que sobrevive como puede. Y esos que vienen a forrarse, luego se van a disfrutar de su jubilación en su tierra. Es ley de vida.

 

No me gusta ser así de crudo con mi nieto, pero no puedo mentirle. Me parte el alma darle ilusiones sobre que puede labrarse un futuro profesional aquí si no es funcionario, porque es mentira. Aunque él no es tonto, ¿eh? Qué va. Tiene muy claro lo que quiere hacer.

 

-Pues, abuelo, yo el año que viene termino mi módulo de FP y si no me sale algún trabajo, me voy a montar mi propio negocio fuera.

 

Reconozco que eso me dolió sobremanera. Pero intenté convencerle, no me hace mucha gracia que no intente siquiera prosperar en su tierra, en Ceuta. Si se van los jóvenes, ¿qué nos queda?

 

-A ver, Jacinto, piénsalo bien. ¿Por qué no inviertes aquí? ¿No te iría bien si abres tu local, generas actividad, contratas a gente y creces como empresa?

 

Mi nieto me miró como si yo fuera tonto, y esa mirada aún me está doliendo. Y lo que me dijo supuso una bofetada de realidad.

 

-Abuelo, ¿de verdad sabes lo que estás hablando? Si hay algo que me están enseñando es que una empresa para tener éxito debe crecer, y para ello debe tener clientes potenciales a los que atraer. Pero aquí... ¡no hay clientes potenciales! No podría crecer, y si no creces, la empresa muere. Tiene la población que tiene, y punto. No viene nadie, absolutamente nadie. Marruecos es un grifo cerrado. Ojalá hubieran cuidado las buenas relaciones para tener clientes, pero no, se echan las culpas unos a otros y nadie hace nada. Y el turismo peninsular simplemente no existe. Además tendría problemas para mover mercancías, trabas aduaneras, problemas para abastecerme... Esto ya no es tu época, abuelo. Entonces lo teníais todo para crecer, para tener éxito en los negocios. Ahora aquí no hay nada. Y sinceramente, paso de opositar o de apuntarme a un partido político. Quiero trabajar, y crecer, y crear algo. Mejor me voy a Málaga y monto mi negocio. Sin pijos que me restrieguen por la cara que ganan cincuenta mil al año chupando del bote mientras se dan paseos por la calle Real.

-Niño, por favor, un poco de respeto a los pij... quiero decir... a los honrados currantes funcionarios de esta ciudad, que hay gente que se lo gana. Que si ganan tanto no es culpa suya. ¡Hazte funcionario y así no criticas tanto!

 

Mi nieto agachó la cabeza un poco avergonzado, se dio cuenta de que el problema no son los funcionarios que trabajan, sino los que han posibilitado que esta lacra de dinero público fácil nos arruine nuestro futuro.

 

-Lo siento, abuelo, tienes razón. No es culpa de los funcionarios. ¿Pero puedo criticar entonces a los políticos? ¡¡Ellos tienen la culpa, que se han hecho ricos ellos y dan unos sueldazos a unos cuantos para que les mantengan ahí, y al resto que nos den!! Aunque... abuelo, reconóceme que también hay mucho pijo que se cree alguien sólo porque gana un pastón haciendo lo mismo que otro que en la península apenas tiene para vivir, ¿eh? No me lo niegues... - me soltó socarronamente.

 

No tiene remedio. Deben disculpar su efervescencia y vehemencia juvenil, estoy seguro que no pretendía ofender. Este niño me saca de mis casillas a las primeras de cambio. Yo ya no sé si el colesterol va a matarme, o si lo que va a acabar conmigo es mi nieto. Prefiero no apostar nada, porque gane o pierda voy a salir mal parado.

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