Remitidos

Siria: Un pueblo olvidado, una tierra destruida

El niño hallado hace poco sin vida en una playa turca, a quien el mundo conoció luego con el nombre de Aylan Kurdi, era oriundo de Kobane (Tal Abiad), Siria. Es uno de los cientos de niños refugiados sirios y de otras nacionalidades que perecieron ahogados en años recientes en los mares que separan Oriente Próximo y el norte de África de Europa.

El niño hallado hace poco sin vida en una playa turca, a quien el mundo conoció luego con el nombre de Aylan Kurdi, era oriundo de Kobane (Tal Abiad), Siria. Es uno de los cientos de niños refugiados sirios y de otras nacionalidades que perecieron ahogados en años recientes en los mares que separan Oriente Próximo y el norte de África de Europa.

Y hay niños como él, desconocidos para el mundo, que mueren a diario en diferentes partes de Siria, donde los enfrentamientos continúan hace más de cuatro años y donde, tristemente, no se avizoran señales de paz en un futuro cercano.

Hace cinco años que trabajo en ayuda humanitaria en Siria. Estuve aquí cuando se iniciaron las hostilidades en el 2011. Estuve aquí cuando la violencia se extendió inexorablemente a través del país. Aquí sigo, mientras la gente no ve más alternativa que abandonar sus hogares y buscar refugio en algún otro lugar.

Las ciudades sirias, antes prolijas, limpias y vibrantes, se convirtieron en oscuras sombras de sí mismas. En vez de sus hermosas calles y admirable arquitectura, quedan hoy los escombros de hogares destruidos en las ciudades de Homs, Alepo y Damasco Rural.

Cuando próximamente se reúnan los ministros de la Unión Europea para discutir la 'crisis' de los migrantes en Europa, deben saber que quienes huyeron de Siria lo hicieron por sobrados motivos.

Más de 220.000 personas perdieron la vida. Más de 12 millones de personas se vieron obligadas a abandonar sus hogares. Casi cuatro millones de habitantes abandonaron el país. Miles de ellos emprenden la peligrosa travesía por los mares. Algunos lo logran; otros, como Aylan Kurdi, no.

El mes pasado, atravesé junto con colegas de la Media Luna Roja Árabe Siria una línea del frente en el sector oriental de Alepo, zona en que operan diversos grupos de oposición armada. Visitamos centros de atención médica donde valerosos médicos y asistentes atienden a los heridos y enfermos con muy escasos insumos. Visitamos panaderías donde se atesora cada gramo de harina. Vimos a tantas personas viviendo al límite de lo imaginable.

En ese país, donde escasean los elementos esenciales como el agua, el alojamiento y la electricidad, indispensables para la supervivencia humana; donde siguen cayendo bombas y morteros sobre la población civil, destruyendo vidas y bienes; donde los trabajadores humanitarios salen y arriesgan sus vidas para llevar socorro a las millones de personas sufrientes, la humanidad lucha por sobrevivir.

Hay zonas sitiadas donde no pueden distribuirse los socorros; donde nacen bebés y las madres carecen de acceso a la atención de a salud básica; donde el control del suministro de agua se usa como arma de guerra. La economía, a su vez, atraviesa gravísimas dificultades.

Gran parte del país depende de la asistencia externa. Cada mes, millones de personas reciben alimento y otros tipos de ayuda del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), la Media Luna Roja Árabe Siria (MLRAS) y otras organizaciones humanitarias.

Los sistemas de abastecimiento de agua del país sencillamente no pueden funcionar sin la ayuda del CICR, la MLRAS y otros actores humanitarios. Asimismo, el sistema de salud pública de Siria, en particular la rehabilitación física de las personas con discapacidades, depende del apoyo de las organizaciones humanitarias nacionales e internacionales.

Hay quienes califican de refugiados a los sirios que deciden abandonar su patria, hay otros que los llaman migrantes. La identidad de las personas no es cuestión de rótulos. De lo que se trata es de ofrecerles un mínimo de dignidad, ayuda y respaldo para reconstruir sus vidas en tierra extranjera.

Nadie en su sano juicio elige arriesgar su vida embarcándose hacia lo desconocido en un viaje plagado de peligros. Si no se logra proteger a la población del impacto demoledor de la guerra y si sus condiciones de vida apenas alcanzan el nivel de la mera supervivencia, entonces el mundo debe prepararse para alojar a miles de personas más provenientes de Siria.

Este conflicto ha pasado a ser la tragedia más grave de nuestros días. El respeto por la vida humana perdió todo sentido. El derramamiento de sangre y las atrocidades nos retrotraen a épocas medievales. La acción humanitaria y política que puede poner fin al sufrimiento requiere un esfuerzo enorme y sostenido.

Hasta tanto se defina la acción política, es un imperativo humanitario que reciban ayuda todas las personas que la necesiten. Todas las partes del conflicto son responsables de proteger la inviolabilidad de la acción humanitaria neutral e imparcial contra las políticas en juego.

Si no es capaz de salvar las vidas humanas, el forcejeo político por una tierra vacía, destruida, calcinada y abandonada carece de sentido”.

 

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