Juez, jurado y verdugo en Ceuta: ¿Y si hubiera sido yo?
En tiempos de redes sociales, los linchamientos ya no necesitan piedras ni palos. Basta con un móvil para señalar, juzgar y condenar sin pruebas ni contexto. La muerte de un bebé en Ceuta ha vuelto a despertar la peor cara del juicio público. Antes de que hablen los informes, ya hay quien dicta sentencia
¿Quién nos ha dado la potestad para ser juez, jurado y verdugo?
Un hecho luctuoso, uno que contradice nuestra ideología o una simple decisión arbitral basta para sacar la jauría que llevamos dentro. Linchamos a quien sea. Ya no con armas, palos o piedras, como en la novela de Harper Lee Matar a un ruiseñor. Hoy no necesitamos levantarnos del sofá ni mancharnos las manos de sangre: basta un dedo y una pantalla para disparar juicios como balas desde la distancia de las redes sociales.
Nos dejamos arrastrar por las tripas y dejamos el razonamiento a un lado. Juzgamos, calificamos, insultamos e incluso nos permitimos el lujo de imputar delitos a la ligera, como si hubiéramos estado allí, viendo cada detalle con nuestros propios ojos.
Este lunes, Ceuta se ha despertado con uno de esos sucesos que remueven conciencias y, a la vez, nos hacen hablar más de la cuenta. La Policía Nacional ha detenido a tres personas por la muerte de un bebé. Un hecho doloroso y profundamente triste. Es comprensible que la noticia conmueva, que genere indignación y debate, pero de ahí a dictar sentencia hay un abismo. Sin conocerse aún los resultados de la autopsia ni el informe pericial de la Científica, la mayoría ya ha decidido que fue un asesinato. Incluso hay quien pide la pena de muerte para el o los autores. Juez, jurado y verdugo.
No se trata de exculpar a nadie, sino de dejar que concluya la investigación policial. Porque pudieron pasar muchas cosas, con independencia de los antecedentes de esa familia.
No pretendo comparar situaciones, pero sí recordar que un accidente puede parecer lo que no es y que a todos nos puede pasar. Uno de mis hijos cayó del carrito cuando lo subía por unas escaleras. Apenas tenía un mes y sufrió una fractura craneal biparietal. Con la fuerza con la que lo recogí del suelo, le hice varios hematomas. Estuvo ingresado varias semanas en el hospital. Nadie me detuvo. De haber ocurrido hoy —y no hace más de 30 años—, tal vez yo estaría detenida. Pero el pediatra dio por buenas mis explicaciones y no se activó ningún protocolo.
Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
Decir la verdad incomoda. No decirla, a la larga, sale mucho más caro.
Sin rodeos: prefiero perder un clic que perder el respeto.
S. Iñesta