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Reflexiones sobre Cataluña

Javier Díez Nieto |

Ceuta Actualidad | 01 de febrero de 2017

Vamos a empezar analizando los resultados de las elecciones catalanas del 2015. Juntos por el Sí, 1.620.973 votos (39, 59%); la CUP, 336.375 votos (8,2%) de los votos realizados. Bien, sus escaños unidos les dan  la mayoría de los 135 escaños y tienen derecho a gobernar en el Parlamento catalán!

Vamos a empezar analizando los resultados de las elecciones catalanas del 2015. Juntos por el Sí, 1.620.973 votos (39, 59%); la CUP, 336.375 votos (8,2%) de los votos realizados. Bien, sus escaños unidos les dan  la mayoría de los 135 escaños y tienen derecho a gobernar en el Parlamento catalán!

Pero si analizamos que toda la nación española tiene según las estadísticas (2014) 46,77 millones de habitantes y que el censo catalán en el 2016 era de 7.396.177 habitantes,  vemos la proporción entre unos y otros. Por eso sorprende esta fuerza que al parecer dicen tener. Máxime si analizamos los resultados electorales catalanes donde solo votaron poco más de 4 millones. Porque en ello vemos la poca importancia de la representatividad de estos dos partidos en el conjunto, no ya de la nación, sino en la propia Cataluña. ¡Esta es la realidad! ¡Y sin embargo, están continuamente amenazando y coaccionando al resto con su desconexión!

Porque, de nuevo y desde hace tiempo, los trabajos dirigidos por esta minoría hacia la desconexión de Cataluña con la nación aparecen en todos los medios de comunicación. Y así sabemos de la exigencia de la CUP para adelantar el referéndum de independencia al parecer al mes de mayo que ha doblegado a su presidente Carles Puigdemont. Porque esta es la exigencia que el grupo antisistema impuso al gobierno catalán para aprobar sus presupuestos y que al parecer este aceptó. Bien, la hoja de ruta está marcada e impuesta por solo 336.375 residentes en Cataluña. ¡Increíble, pero cierto!

Decía el maestro Julián Marías, discípulo de Ortega y Gasset, que “hay una definición provisional, que considera la razón como la aprehensión de la realidad en su conexión”. Por ello consideraba que el atroz particularismo de una región, nación, partido, ideología o civilización era una terrible desconexión de la razón que fragmenta y atomiza la sociedad haciéndola provinciana (esto es válido también para el fundamentalismo). Y si analizamos bajo esta idea el desafío de la desconexión catalana tan publicitada hoy día, entenderíamos su peligro. Porque la falta de integración es, a fin de cuentas, intransigente e intolerable con la idea de solidaridad, cooperación y consenso que un país necesita para seguir adelante. ¡Pero el aldeanismo está muy de moda!

Y todo ello es porque la falsedad de una mentira deliberada siempre ha llevado al error, fracaso y empobrecimiento de los pueblos. Pero tampoco es culpa exclusiva de los que falsean la realidad deliberadamente. Porque quienes tienen la obligación de mantener la unidad no han sabido o no han querido actuar de forma políticamente decisiva dejando que este error haya tomado proporciones desproporcionadas Y de esta manera, de forma organizada y durante décadas, se ha permitido, que los menos impongan por la fuerza su supuesta verdad. Y no nos engañemos: ahora no hablo de populismo, pero en última instancia los gobiernos se fundan en la opinión pública.

De esta manera, sabiendo que la información ocupa un puesto primordial en la sociedad, estos grupos de la desconexión apenas permiten reflexionar sobre lo que está pasando de verdad en nuestra sociedad. Y sabiéndolo, nos bombardean de forma continua y automática con la finalidad de que olvidemos la proporción de cada hecho con la realidad total. Esto está ocurriendo en Cataluña, donde con expresiones vagas y mucha demagogia hacen que lo válido para unos pocos, con un abuso de la propaganda de los medios que manejan, se extienda a todos los demás permitiendo que sus mentiras se tomen como reales por muchos. En el fondo es generalizar para dar una imagen de una sociedad que tan solo es propia de una determinada fracción minoritaria de la misma.

Pero lo irrenunciable es, en suma, la verdad. Tanto en la vida individual como en la colectiva que nunca debe ser intransigente ni intolerante. Por eso la política no debe serlo jamás, ya que esta consiste en entenderse aun en la discrepancia y ceder en lo que es al menos aconsejable, buscando el consenso. Aspecto que los independentistas no son capaces de reconocer y como  intolerantes que son, se benefician del estado democrático que disfrutan siendo insolidarios con los demás, haciéndonos entrar en su juego.

Bien, cada día más de acuerdo con Tucídides cuando dijo: “El que sabe y no se explica claramente, es igual que si no pensara”. Así, el decir bien las cosas es algo políticamente decisivo, pero en lo que se denomina la corrección política sobre el problema de la desconexión catalana, no lo estamos escuchando ni explicándolo a nadie. ¡Pobre Cataluña!

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