Opinión

Horas decisivas

Es hora de plegar las banderas y depositarlas en lo más profundo de los arcones. La convivencia es lo que está en juego. Arriemos las enseñas nacionales, preservemos su dignidad entre alcanfor para que, cuando esto pase, no se acumulen sobre ellas la mugre de la ignominia, la infamia y la vergüenza.

Parlament de Cataluña (C.A.)
photo_camera Parlament de Cataluña (C.A.)

Es hora de plegar las banderas y depositarlas en lo más profundo de los arcones. La convivencia es lo que está en juego. Arriemos las enseñas nacionales, preservemos su dignidad entre alcanfor para que, cuando esto pase, no se acumulen sobre ellas la mugre de la ignominia, la infamia y la vergüenza.

No es tiempo de ondear estandartes ni de labrar escudos en las fachadas de las instituciones. Es de la gente de lo que ahora ha de hablarse.

El inexplicable y bochornoso comportamiento del Govern, que ha alentado el enfrentamiento con la organización de un referéndum excluyente que ha obviado en su retórica épica a buena parte de la población catalana, sólo podía quedar eclipsado por una desmesura mayor. El Gobierno de España ha sabido encontrarla: una legión de policías antidisturbios lanzando acometidas contra la población civil en un ejercicio de brutalidad tan inaceptable como incomprensible.

Intolerable, despreciable, inadmisible en un país democrático pero, además, estúpido e inútil. ¿Qué se ha conseguido? ¿Habría sido peor dejar a los guardias y policías recluidos en sus bases? ¿Dejaron de votar los catalanes que así quisieron hacerlo? ¿Quedó el referéndum más desacreditado de lo que ya lo estaba?

La votación era ilegal, pero la gente sigue conservando su derecho a manifestarse, a expresarse, a movilizarse. Que los cuerpos de seguridad cuya encomienda es la de proteger a los ciudadanos se dediquen a agredirles mientras ejercen sus derechos cívicos resulta abominable.

Lo único que ha logrado la negligente estrategia del Gobierno ha sido malbaratar el nombre de España entre sus socios comunitarios y el resto de los países desarrollados. Y avergonzar a muchísimos españoles.

Guardemos las banderas y hablemos. Y cuando hayamos encontrado una salida satisfactoria, justa y decente volvamos a desplegarlas y salgamos a las calles a celebrarlo.

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