El silencio que no basta
“Una sociedad decente no puede tolerar ni un solo asesinato más”. Así finaliza la declaración institucional del Ministerio de Igualdad ante el asesinato por violencia de género de María Dolores que se ha leído este jueves en la Delegación del Gobierno de Ceuta. Cada minuto de silencio guarda en su interior una historia rota. Cada rostro serio frente a las puertas de una institución o dentro de ella, cada aplauso ahogado al finalizar una concentración, son las repeticiones dolorosas de un gesto que ya no conmueve como antes. Porque, lamentablemente, el minuto de silencio ha dejado de ser un acto excepcional para convertirse en un ritual que marca la constancia insoportable de la violencia machista.
Esta semana, y por el momento, lamentablemente, los nombres que se suman a la larga lista de mujeres asesinadas son los de Josefa y María Dolores. Esta última, una mujer de 86 años que ha muerto en Asturias, presuntamente, a manos de su pareja. Tenía 86 años. Como si la edad- esa que a veces asociamos con vulnerabilidad, respeto o incluso intocabilidad- fuera un escudo contra la violencia. No lo fue. Tampoco lo ha sido para las otras 21 mujeres que han sido asesinadas en lo que va de 2025.
La Delegación del Gobierno de Ceuta, como otras tantas en el país, volvió a concentrarse esta mañana para recordar, denuncia y visibilizar. Y, sin embargo, el eco que produce este silencio empieza a sonar a costumbre, a repetición. Y, ojo, no consiste en hacer una crítica hacia la institución, la cual trata de paliar esta lacra con los recursos que tiene a su disposición. Se trata de contemplar una perspectiva que va sonando a derrota. ¿Qué clase de sociedad asume como parte de su rutina la muerte de mujeres a manos de quienes prometieron cuidarlas?
Nos hemos acostumbrado al dato, a la cifra y al gesto simbólico. Pero las cifras no sangran. María Dolores, Maritza, Zunilda, Pilar, Diana, María, Marisol, Miriam, Rocío, Josefa, Nadia, Joana, Andrea, Eva, Lina, Joyce, Mitentxu, Karilenia, Doreen, Alicia y los aquellas que están sin identificar sí sangran. Y antes que ellas, otras muchas cuyas historias apenas ocuparon una nota breve en los informativos o una mención en las redes sociales. Con cada crimen, nos acercamos un poco más a la insensibilidad, al riesgo de que cada asesinato sea, simplemente “uno más”. Y no, no lo es. No puede ni debe serlo.
Porque la violencia machista no es un fenómeno puntual, ni una cuestión de índole doméstica. Tampoco es un problema aislado. Es un síntoma estructural de una sociedad que todavía no ha aprendido a educar en igualdad, a prevenir a tiempo ni a proteger lo suficiente. La declaración institucional leída hoy en Ceuta fue clara: “El silencio también mata”. Y tiene razón. Pero el silencio no es el único culpable. También lo es la inacción, la tibieza, el negacionismo que gana espacio en ciertos discursos políticos y la falta de recursos donde más se necesitan.
El Estado, los medios de comunicación y la ciudadanía, en su conjunto, tienen la responsabilidad de rebelarse ante la rutina del luto, de convertir la indignación en políticas, el dolor en prevención y la compasión en compromiso.
Hoy el nombre es el de María Dolores. Mañana será otro. Y pasado, otro más. A menos que el silencio deje de ser la única respuesta. Porque una sociedad verdaderamente justa no solo condena, actúa. No hay democracia plena si una mujer tiene que temer por su vida en su propia casa.