Opinión

Atascos fronterizos

Llevo para un mes que he vuelto a coger los autobuses verdes, sí, ésos que antaño llamaban “La Camioneta” o “La Valenciana”, los vetustos vehículos  que se aparcaban en el Ateneo, donde queda la comisaría del Paseo Colón. Montarse en un autobús, dependiendo de la línea que se elija, supone tomarle el pulso a la ciudad. Esto es algo que deberían hacer los aspirantes políticos al Congreso y al Senado.

Llevo para un mes que he vuelto a coger los autobuses verdes, sí, ésos que antaño llamaban “La Camioneta” o “La Valenciana”, los vetustos vehículos  que se aparcaban en el Ateneo, donde queda la comisaría del Paseo Colón. Montarse en un autobús, dependiendo de la línea que se elija, supone tomarle el pulso a la ciudad. Esto es algo que deberían hacer los aspirantes políticos al Congreso y al Senado.

El que yo tomo es el autobús de la frontera, la línea número 7. Cada noche, el conductor recuerda amablemente al personal que el coche no llega hasta la frontera porque hay un atasco del carajo –la expresión es mía, no del chófer. Algunos de los usuarios, perplejos, optan por buscarse la vida y apearse antes de mover el torno.
La verdad es que nadie se queja dentro del autobús. No se convierte en un patio de marías, nadie monta un pollo, no se arma la de San Quintín. Será que todos, subidos en el autobús, damos por bueno el sistema. Ponen cara de decir, bueno, esto es lo que hay.

El otro día cojo un taxi y el hombre, con sus años y sus arrugas, bien vestido –gracias a Dios no iba en chándal- me comenta que la culpa era de los porteadores y de la inoperancia del Biutz. Esa inversión faraónica de tantos millones para reordenar el perímetro y el puente va a caer en saco roto.
Dependiendo del paisanaje, unos dirán que la responsabilidad es de Marruecos, otros, que de España. Unos por otros, el turista marroquí pierde la paciencia, ese turista que puede servir de reclamo para que otros vengan a la ciudad a hacer sus compras.
En éstas estábamos cuando llegó la tragedia y los llantos y el drama. A través de las duras imágenes que ofrecía la televisión vimos los atentados de París, donde la barbarie y la sinrazón reinaron como la nueva plaga de este siglo.
Ante la amenaza de que el vecino, el camalo o el que vende la fruta se pueda transformar en un despiadado extremista fanático, retornan las alertas y los niveles de seguridad. Ahora todo el mundo habla de un susto en el barco,  que si el escáner no funciona y que hay que ver lo que tardan en mirar el equipaje y pedir la documentación.
Francia envía a su mejor portaaviones para apoyar los bombardeos en Siria, donde están localizados los focos de los yihadistas del EI.
El mundo del deporte se ha solidarizado con esos minutos de silencio y cantando la Marsellesa en todos los estadios. No olvidamos el drama de la amenaza de radicalización entre los más jóvenes.
En todos los barrios vemos al que está con el porrito y la moto haciendo el caballito. A ése no lo vas a descubrir porque es más de lo mismo. La misma cantinela de siempre. Pero habrá que estar atento al que cambia de actitud y empieza a adoptar costumbres de aislamiento y a lucir un aspecto que se sale del guión y va derivando en un fanático que no sabe ya uno si va a inmolarse aquí mismo o en Oriente Medio.

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