Sábado. 17.11.2018 |
El Tiempo
Opinión
Javier Díez Nieto
17:47
08/11/18

Cuéntame un cuento

Érase que se era en el país de Nunca Jamás. Bueno, todos sabemos que el país de Nunca Jamás, nunca existió, porque en el fondo estaba habitado por piratas, cocodrilos come relojes, indios y sirenas malintencionadas, aunque esto es algo que los cuentos no explican bien.

Cuéntame un cuento

Érase que se era en el país de Nunca Jamás. Bueno, todos sabemos que el país de Nunca Jamás, nunca existió, porque en el fondo estaba habitado por piratas, cocodrilos come relojes, indios y sirenas malintencionadas, aunque esto es algo que los cuentos no explican bien. Pero lo que nadie cuenta es que también en un territorio desconocido de ese país de Nunca Jamás, existía un reino gobernado por un rey, que solo tenía un defecto, le gustaba ser el rey, pero cada cuatro años debía ser elegido entre sus súbditos ya que ese reino era democrático, y si el pueblo no lo consideraba justo no le votarían.

Pero bien, ya hemos dicho que este reino de Nunca Jamás tenía como todos los reinos un rey, unos ministros y una cámara del tesoro fuertemente guardada por los soldados del rey. La cámara del tesoro era lo que más se cuidaba y custodiaba ya que de él dependía el bienestar del reino sobre todo del rey y de sus ministros. Así se exigían impuestos a los súbditos que debían pagar religiosamente si no querían conocer las cárceles del reino.  Y uno de los impuestos más importante era el de la leña.

Vamos a explicar cómo era el impuesto de la leña. Los bosques estaban llenos de árboles, que por cierto eran propiedad del rey y de sus ministros, así que cada vez que un súbdito quería encender el fuego en su casa para calentarse o cocinar, tenía que ir a recoger la leña que se vendía en las tiendas reales. Y pagaban por ello una cierta cantidad de su economía. De esta manera casi durante 23 años en que se había decidido esta fórmula de venta, nadie protestaba ya si querían calentarse en invierno y cocinar todos los días tenían que pagar. Este dinero engrosaba cada vez más la cámara del tesoro que el rey poseía haciéndole sentir muy muy feliz de ser el rey.

Hasta aquí todo era maravilloso, cada vez había más dinero en las arcas reales y menos en las casas de los demás, pero nadie protestaba porque era la ley real la que lo imponía. Pero en algún tiempo nadie sabe cómo, un encargado de las tiendas de leña decidió que ese impuesto no era justo ni ético y lo anuló con una sentencia firme, obligatoria para todos. El quebranto en el tesoro podría ser muy perjudicial para el rey y su gobierno, así que inmediatamente llamaron a todos los propietarios de las tiendas de leña. Es decir, los que abastecían las arcas del poder real para que se reuniesen y cambiasen dicha decisión.

 La alegría de los súbditos duró muy poco, porque la asamblea de los propietarios de la leña decidió que esto no era posible ya que por su interés debían seguir siendo los súbditos los que pagasen la posibilidad de calentarse y cocinar en sus casas. La decisión fue rápida, de tener la leña gratis ¡nada de nada!, que las arcas del tesoro se quebrantarían rápidamente. Y la gratuidad de la misma se anuló al instante, dando lugar a un gran malestar por parte de todos los súbditos de tan maravilloso reino.

El caos, el desconcierto y el enfado de los súbditos era manifiesto y palpable, por lo que algunos aspirantes a reinar decidieron interesadamente concentrarlos en la calles para protestar sobre esta última decisión. La posibilidad del conflicto, el quebranto del tesoro real y la pérdida de votos obligaron al rey a una urgente reunión con sus ministros. Dicho y hecho, las elecciones estaban cerca. De esta manera y no de otra, el rey salió al balcón y dijo al pueblo: “Legislare para que la leña no la pague el pueblo” e inmediatamente mediante decreto real anuló dicha decisión, obligando a los tenderos de leña a pagar dicho impuesto. Ya solo quedaba destituir al presidente de la asamblea culpable de dicha decisión para calmar más los ánimos.

De esta manera, todos se contentaron y vieron al rey como al nuevo Robin Hood, defensor de sus intereses, por lo que la futura votación le favorecería. Lo que no supieron es que el reino seguiría recibiendo el dinero de los súbditos aumentando el tesoro del reino, porque lo que no explicaron bien es que los propietarios de la tienda de leña, decidieron aumentar el precio de las cerillas necesarias para encender el fuego, con lo que los súbditos seguían pagando indirectamente el impuesto de la leña como si este no hubiera desaparecido. Pero de eso no se dieron cuenta ya que el adorado rey les había prometido defenderlos de la avaricia de los tenderos.

Y colorín colorado este es el cuento que nos han contado y todos seguimos felices y comiendo perdices. Eso si,  cada día tendremos más caras las cerillas para cocinarlas. Y el rey es posible que siga siendo rey con tanto cuento contado en el imaginario país de Nunca Jamás.

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