Opinión

Alerta en la educación

Entre las noticias con las que nos despertamos cada día, hay algunas que nos llaman mucho la atención y generan un intenso debate y otras que pasan desapercibidas.

Entre las noticias con las que nos despertamos cada día, hay algunas que nos llaman mucho la atención y generan un intenso debate y otras que pasan desapercibidas. Entre las primeras tenemos el anuncio de una modificación en la Ley Educativa por parte del Gobierno. Sin embargo noticia más discreta es la que vimos hace no mucho sobre que en las últimas pruebas de oposición para profesores de secundaria y FP un importante porcentaje de plazas (hasta casi un 10% en algunas regiones) quedaron sin cubrir. Y no fue por falta de opositores, ya que muchos de los que se presentaban eran interinos que trabajan en nuestro sistema educativo, sino por faltas de… ortografía.

No tengo duda de que esta es la generación más preparada de nuestra historia. Es frecuente encontrar a jóvenes con una o más carreras, varios másteres o cursos de posgrado. Y a la vez también es frecuente encontrar a muchos de esos mismos universitarios que no son capaces de escribir un texto articulando medianamente bien la idea a redactar y sin cometer faltas de ortografía. ¿Qué está pasando?

Antes, decir que eras universitario no sólo era sinónimo de persona formada, como ahora, sino también de persona culta, con capacidad de expresión y análisis y sobre todo de persona que leía (aquí está una de las claves). Era muy raro encontrar a alguien que tuviera más de una carrera, y quien la tenía era sin duda alguna una eminencia, rozando el estatus de superdotado.

Podría pensarse que la generalización en el acceso a la educación ha mermado la calidad de la misma desde la base del sistema, desde los escalones inferiores. ¿Qué profesor universitario no se queja de que recibe a los alumnos con una base cultural pésima y debe bajar el listón de exigencia en los exámenes para no suspender por la expresión escrita y la ortografía? ¿Qué profesor de secundaria no se queja de que los alumnos que le llegan de primaria no están lo suficientemente preparados y presentan un déficit de expresión oral y escrita? Y así el escalón baja y baja hasta quedarse sin excusas. Mientras tanto nadie es capaz de asumir la responsabilidad del problema ni de determinar en qué punto comienza a torcerse.

Sería extremadamente repetitivo decir eso de que la educación es el pilar del futuro de una sociedad. Sin embargo no por ser repetitivo deja de ser cierto. Sobre todo porque ese pilar tiene serias deficiencias.

Estamos inmersos en un sistema educativo que hace aguas en su funcionamiento y en los resultados. Porque no olvidemos algo fundamental, el éxito de un sistema educativo no está en índices de aprobados ni en el número de titulados por cada mil habitantes. Un termómetro muy simple y extremadamente fiable es pedir a un joven que nos haga una redacción por escrito del tema que prefiera sin el corrector ortográfico. ¿Cuántos pasarían la prueba? La educación no significa sólo contenido y conocimiento. A veces olvidamos que ante todo la educación significa desarrollo de capacidades y valores.

Es muy fácil a la hora de buscar culpables echar mano de algunos tópicos, como la falta de dotación presupuestaria, o el uso generalizado del lenguaje simplificado en las redes sociales, que aunque sea cierto no deja de ser una excusa. Y también es cierto que las diferencias entre regiones dentro de España son bastante patentes. Todos conocemos que en Ceuta concretamente el problema raya el drama social. Pero debemos ser serios y sobre todo empezar a poner sobre la mesa cuáles son nuestras miserias sin complejos si queremos solucionarlas.

Ahora el Ministerio está preparando una nueva propuesta o parche educativo que enmienda aspectos superficiales de la Ley LOMCE. ¿Para qué? Pues para recuperar un espíritu más LOE, espíritu con el que ideológicamente se identifican más (el PSOE aprobó la LOE hace doce años). Es un nuevo golpe de efecto ideológico, sin consenso y sin ninguna voluntad de solucionar problemas. ¿Por qué llevamos décadas hablando de un gran pacto por la educación a nivel nacional y los sucesivos gobiernos que hemos tenido no la han puesto en marcha? Pues porque esos responsables políticos no lo han visto rentable para sus propios intereses, tan sencillo como eso. ¿Cómo meterse en el avispero que supone  irrumpir en las competencias autonómicas en educación y “molestar” al socio nacionalista que te va a ayudar a aprobar los presupuestos? Mientras exista ese miedo a “molestar” al sistema educativo autonómico no llegaremos a ninguna parte.

Y así andamos, sin nadie que tenga la valentía de reconocer que el proceso educativo es un escenario largo en la vida del menor, que necesita estabilidad y un plan a largo plazo con el consenso de todos los grupos implicados en dicho proceso. Sin embargo la ceguera política autoimpuesta prefiere hipotecar nuestro futuro educativo a largo plazo en favor de sus propios intereses políticos.

Dejando de lado la voluntad política, existen muchas cosas que hay que mejorar en la Educación, desde los objetivos hasta la cantidad de recursos necesarios y la gestión de esos recursos. Voy a hacer mención sólo a tres aspectos que, aunque no son los únicos, sí resultan esenciales en el éxito o el fracaso del sistema educativo. Esos elementos son el fomento de la lectura en los niños, la formación del profesorado y sobre todo el apoyo y los valores que las familias aportamos a la educación.

La lectura es el origen de un correcto desarrollo intelectual. Alguien que lea desde pequeño, seguirá leyendo de adulto, no cometerá faltas de ortografía y, lo más importante, será capaz de estructurar sus ideas y expresarlas por escrito o verbalmente con mayor claridad y facilidad que alguien que no lee asiduamente. Este hecho contrastado nos indica que las faltas de ortografía frecuentes (puntualmente todos cometemos faltas de ortografía) no son un problema, son el síntoma de un problema, concretamente el da la falta de hábitos de lectura.

En cuanto a la formación del profesorado, va unida al eterno debate sobre la vocación del docente. Es evidente que cualquiera puede desempeñar cualquier labor en la vida, pero la importancia de la docencia, igual que ocurre en la sanidad, requiere una vocación que hoy en día no suele darse. ¿Por qué dejamos algo tan importante como la educación en manos de un proceso de oposición de masas en el que cualquiera que acredite unos conocimientos puede acceder a enseñar, sin valorar si tiene las capacidades expresivas, psicológicas, empáticas y vocacionales para hacerlo?

Todos hemos sufrido esta realidad. Cualquiera que esté leyendo esto, seguro que recuerda a aquel profesor o a esa maestra que era realmente buena, que nos marcó en hacernos una asignatura entretenida y apasionante y con la que nos apetecía estudiar y asistir a clase. Del mismo modo recordamos a aquel profesor que era un verdadero tostón, que nos hacía aún más insufrible la materia que nos intentaba impartir. Y esta realidad continúa hoy en día, más acentuada si cabe. Es imprescindible empezar a establecer unos criterios efectivos que permitan que los mejores docentes sean los que accedan al sistema educativo, sin que nadie ponga el grito en el cielo.

Y aunque hable de esto en último lugar, en absoluto es lo menos importante. La educación empieza y termina en las familias, en el ámbito extraescolar. Los padres y las madres somos los verdaderos artífices de la educación de nuestros hijos, los que vamos a controlar su evolución y quienes vamos a proporcionar los valores que definan su desarrollo.

Existe una palabra que resume perfectamente el valor que la familia debe aportar al proceso educativo del niño: respeto. No podemos permitir de ningún modo que el respeto hacia los demás no esté presente en el ejemplo que dan las familias a sus hijos. No podemos permitir que prime en el menor la impresión de que sus derechos y sus libertades tienen más valor que sus obligaciones y sus responsabilidades, porque entonces lo que hacemos es criar a pequeños egoístas, a seres egocéntricos que no admiten su papel social.

¿Qué ejemplo obtiene el niño cuando un padre o una madre insulta o incluso agrede a un docente, cuando critica e incluso denigra su labor mediante comentarios ofensivos en cualquier red social o cuando delante del menor se da la razón al niño simplemente porque es su hijo sin escuchar siquiera la versión del educador?

No olvidemos que el fracaso de un sistema educativo es el fracaso de una sociedad y de sus valores. Los signos de alerta están ahí, y eso debería empezar a importarnos.

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