Opinión

Dar un cuarto al pregonero

Quiero empezar mi artículo de esta semana (quinto de mi atrevimiento) con otro dicho popular: dar un cuarto al pregonero. La figura del pregonero o portavoz ambulante de noticias existe desde tiempos inmemoriales, incluso desde la antigua Roma. En España, ya se conocía la existencia  de pregoneros por lo menos desde el siglo XV y además tenían las particularidades de estar dividido en tres fases: los oficiales que estaban al servicio de la administración (podríamos hablar de gabinetes de comunicación); los heraldos que eran quienes marchaban delante de los nobles anunciando el paso de estos (responsables de prensa o asesores en comunicación de delegados; ministrables; consejerías o consejeros y directores generales o presidentes de empresas privadas o participadas), y los voceadores mercantiles que, por encargo de cualquier otro vendedor, pregonaban los artículos y servicios más diversos (aquí podríamos incluir a los infiltrados que te suministran esa información y que luego más tarde se convierte o convertirá en información “cuasi” oficial).

La tarifa usual de estos últimos era un cuarto, una moneda de cobre que equivalía a cuatro maravedíes, es decir, alrededor de tres céntimos de peseta, de ahí que dar un cuarto al pregonero significaba pagar los servicios de ese “oficial público” para que difundiese en voz alta, cualquier tipo de noticia o producto.

En Ceuta es muy dado en que los profesionales se crean “el ombligo del mundo”, más aún si cabe en lugares pequeños, y por consiguiente no admiten, ni asumen, ni consideran, ni reconocen, ni aceptan ni permiten y mucho menos por supuesto consienten (he tirado de diccionario de sinónimos con el fin de que se me quedara ninguno fuera), de este último consentir, no se lleva muy bien que digamos.

Resulta que en la ciudad que nos ocupa, aparece o irrumpe un nuevo medio de comunicación no escrito, sino en nuevas tecnologías (casualidad que en estos días cumple su segundo aniversario), que se convierte prácticamente en referencia de la información que se genera en nuestra ciudad, con el agravante de ser o convertirse en líder en usuarios, ¿Qué ocurre?, pues que los barones (me refiero a los periodistas antiguos en la ciudad, incluyo ahí el género masculino y femenino), se enfadan, es decir (vuelvo a utilizar el diccionario): se enojan, tienen furia, toman en cólera, mandan arrebato y mueven hilos (este último ya nos es sinónimo, jjj), espera que esa noticia o información que se ha hecho eco en cualquier medio que no sea el suyo se debe de tener en consideración y que el bisoño, es decir el inexperto, novel, aprendiz y neófito, nunca debe ni puede ser el pregonero. Pregonero, que quizás se conforme con esos cuatro maravedíes y que la humildad de actuaciones es lo que ha llevado a esa posición, no postura.

Me habría gustado haber titulado este artículo con “El derecho de pernada” y al que yo le haría una frase o dicho paralelo “Que pena da no ir por derecho”. O ¿no?

Reflexión: Siete sabios, y no más, contó la Grecia algún día: resta, lector, y verás cuantos tontos contaría.

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