Con la Semana Santa ya finalizada y el eco de los tambores desvaneciéndose, resulta oportuno detenerse a reflexionar sobre el estado actual de nuestras hermandades. Porque más allá del fervor y la estética, hay una realidad que se impone: el número de cofradías en la ciudad parece haber superado la capacidad real de sostenerlas con la dignidad que merece una estación de penitencia.
Ceuta es una ciudad singular, marcada por su diversidad religiosa. Alrededor de 85.000 habitantes conviven entre cuatro confesiones diferentes, donde el cristianismo, siendo una de las más presentes, no ostenta la exclusividad en la vida espiritual de la ciudad. Esta pluralidad, que es una riqueza, obliga también a un ejercicio de mesura y realismo cuando se habla de manifestaciones religiosas que, si bien legítimas y respetables, también ocupan un espacio público compartido.
Actualmente, Ceuta cuenta con 18 hermandades —cuatro de ellas de gloria—. Un número elevado si tenemos en cuenta el tamaño de la ciudad y su composición demográfica. El problema no radica en su existencia, sino en la capacidad efectiva de cada una para llevar a cabo una estación de penitencia con el nivel de compromiso y preparación que este tipo de actos requiere. Y es que durante esta pasada Semana Santa se han evidenciado carencias que no deberían pasar inadvertidas: cortejos incompletos, peticiones públicas de ayuda para sumar nazarenos o costaleros, e incluso la necesidad de recurrir a cuadrillas foráneas para poder sacar los pasos a la calle.
Estos hechos no deben interpretarse como una falta de fe o de voluntad, sino como el síntoma de una realidad que convendría abordar con sinceridad. La devoción no puede ni debe cuestionarse, pero el reconocimiento público a un trabajo hecho a medias, cuando otras hermandades se esfuerzan durante todo el año por mantener vivo el pulso de la cofradía, resulta cuanto menos desalentador. Porque la fe también se demuestra en la constancia, en el compromiso silencioso de quienes se implican los 365 días del año, y no solo en el fulgor de los siete días de Pasión.
Ceuta merece una Semana Santa a la altura de su historia y su gente. Y eso no se consigue con cantidad, sino con calidad. Quizá sea el momento de repensar el modelo actual, de reforzar vínculos entre hermandades, de favorecer la cooperación por encima de la fragmentación. De valorar más el trabajo bien hecho que el simple hecho de salir.
No se trata de excluir, sino de sumar con sentido. De honrar la Semana Santa como lo que es: una expresión cultural, social y religiosa que debe hablar con autenticidad a todos los ceutíes, creyentes o no, porque a todos pertenece el espacio que comparte.
Porque no basta con poner un paso en la calle si este no camina con sentido. No basta con vestir túnicas si no hay alma debajo. Que la próxima Semana Santa no sea solo una cita en el calendario, sino una celebración honesta, tejida con hilos de verdad, compromiso y coherencia.