Política

El perímetro fronterizo de Ceuta, entre los escenarios favoritos de los líderes políticos nacionales

Asalto (de políticos) a la valla

Valla fronteriza de Ceuta (C.A./ARCHIVO)
photo_camera Valla fronteriza de Ceuta (C.A./ARCHIVO)

La valla fronteriza de Ceuta se ha convertido desde hace tiempo en uno de los escenarios predilectos de los líderes políticos para que sus declaraciones adquieran resonancia nacional.

Una tierra sólida sobre la que pisar, que no se hunda bajo los pies al primer contratiempo. Ésa ha sido, desde que el mundo es mundo, la premisa de cualquier empresa civilizadora. Una parcela sobre la que dar por inaugurado el solar patrio, con su cadena montañosa, su delta y su golfo, su mar proceloso, su catedral gótica y su Corte Inglés. El ser humano se yergue orgulloso sobre el terruño que vio nacer a sus padres, a sus abuelos, a sus bisabuelos y a un señor ataviado con un traje verde a cuadros de tweed cruzado que es vecino pero con quien nadie ha cruzado jamás palabra.

La patria requiere, como todo lo que resulta singular y distinto, una frontera que ofrezca a sus hijos una certeza: la de que más allá de ella todos son una panda de cretinos, un hatajo de salvajes y una manga de amargados.  Deslindar la patria propia de la ajena requiere erigir empalizadas orgullosas cuya verticalidad remite, según la perspicacia del observador o la naturaleza de su perversión, a las teorías del desarrollo psicosexual del bueno del doctor Freud. Torres de vigilancia erectas y pugnaces, alambradas de púas que se enroscan como dos cuerpos desnudos salaces y sudorosos, barreras de control de accesos que, satisfechas con lo que ven, se izan al cielo subrayando su dicha ascendente para, acto seguido, confesarse incapaces de sostener durante mucho tiempo esa rígida y fugaz felicidad que concluye con un descenso mustio e impotente.

Nada lleva a concluir que los políticos españoles abunden en reflexiones de esta clase cuando se ven asaltados por esa pulsión inaplazable que les empuja a visitar las vallas de Ceuta y Melilla.  No resulta probable, desde luego, que se hundan en sesudas cavilaciones en torno a los conceptos freudianos de “envidia del pene” o “ansiedad de castración” cuando saludan al sargento de la Guardia Civil de servicio en Finca Berrocal. Y quizás se antoje excesivo recurrir a Freud para inspirar un escrito que pretende versar sobre la utilización del fenómeno migratorio con fines partidistas. Pero no podrá negarse que evocar al padre del psicoanálisis es un método tan bueno como cualquier otro para conseguir que, con tan solo la introducción, estemos ya culminando el tercer párrafo.

 

Los visitantes

El 26 de julio de 2018 602 jóvenes subsaharianos lograron franquear la valla fronteriza de Ceuta y, con ello, inaugurar una nueva época en las visitas políticas a esta parte de España. La convicción de que dejarse fotografiar junto al cercado que separa la ciudad de Marruecos resultaría una práctica de cultivo conveniente para movilizar a los afines comenzó a cundir. En días sucesivos, los presidentes de PP y Ciudadanos, Pablo Casado y Albert Rivera, y el secretario general de Vox, Javier Ortega Smith, caminaron por el perímetro fronterizo rodeados de fotógrafos.

Aquella idea feliz ha cuajado hasta el punto de que, a excepción de Rivera, inmerso en la tarea refrenar la tendencia a la baja que las encuestas auguran a su partido, PP y Vox han decidido enviar, de nuevo, a sus primeros espadas a la frontera de Ceuta en plena precampaña de las elecciones del 10-N.

El escenario del vallado fronterizo ofrece solemnidad a las declaraciones, más o menos elevadas de tono, que los dirigentes políticos formulan acerca de la represión de la migración y la necesidad de garantizar la seguridad de las fronteras. Ya en 2016, el popular Casado hablaba de la existencia de un “modelo español” contra el terrorismo y la inmigración sin establecer distinciones entre uno y otro fenómeno.

Durante su visita de agosto del pasado año, Albert Rivera construyó una encendida defensa de las denominadas “devoluciones en caliente”. “Llegar a la valla no es estar en España”, aseguró entonces. Por cierto, mientras Rivera hacía estas declaraciones, un migrante lograba cruzar clandestinamente el vallado.

Más recientemente, apenas la pasada semana, Santiago Abascal defendió en las proximidades de la valla, y por este orden, la presencia del ejército en la frontera, la construcción del afamado “muro infranqueable” que propone Vox, la repatriación de todos los migrantes en situación irregular y el veto al acceso a cualquier ayuda pública para los extranjeros que no hayan accedido al país legalmente.

 

Trabajo para Freud

La valla, sin embargo, no solo ha conocido la visita de los líderes conservadores. El pasado febrero, el ministro del Interior, Fernando Grande Marlaska, llegaba a la ciudad para anunciar que la retirada de las concertinas comenzaría en las semanas siguientes. El cumplimiento de esta promesa, que el Gobierno en funciones mantiene, se ha dado de bruces con la realidad.

Activistas de oenegés, europarlamentarios, diputados nacionales y toda suerte de personas interesadas en el fenómeno migratorio se han dejado ver por el perímetro fronterizo durante los últimos años. Una de las visitas más singulares podría ser la que giró en 2015 a Ceuta Enikő Győri, por entonces embajadora de Hungría en Madrid, quien celebró con entusiasmo los sistemas empleados por España para combatir la inmigración. “Hablar de vallas en España se entiende bien y no hay que explicarlo”, aseguraba. Para cuando Győri pronunciaba estas palabras, las autoridades del país magiar ya habían levantado una valla a lo largo de su frontera con Serbia para evitar el acceso al país de las personas que huían de conflictos bélicos. Material éste más que apropiado para someterlo a la consideración del doctor Freud.

 

Comentarios