Opinión

Gaza no muere sola: nuestra indiferencia también mata

La tragedia de Gaza se ha convertido en ruido de fondo. Abdellah Mustafa nos interpela con crudeza: ¿cuándo dejamos de sentir?

Palestinos haciendo cola a lo largo de la carretera costera en la zona de Al-Sudaniyya, en el norte de Gaza, mientras esperan recibir la ayuda humanitaria / Omar Ashtawy -apaimages-SIPA
photo_camera Palestinos haciendo cola a lo largo de la carretera costera en la zona de Al-Sudaniyya, en el norte de Gaza, mientras esperan recibir la ayuda humanitaria / Omar Ashtawy -apaimages-SIPA

La sangre de los niños de Gaza ya no salpica nuestras pantallas. Sus gritos ya no se escuchan, porque han perdido las fuerzas, han desesperado por nuestra indiferencia. Hemos dejado de ser sus altavoces, aceptamos su derrota cuando ellos siguen luchando, tiramos la toalla en mitad del exterminio.

Gaza se ha convertido en parte del ruido de fondo, una estadística más en la interminable lista de horrores del mundo. Y mientras, siguen cayendo las bombas, masacre sobre masacre, Israel ya no encuentra edificios a los cuales derribar, sólo hay polvo, polvos de una escuela, de un hospital, de una casa. Y nosotros miramos hacia otro lado con una deshumanización jamás vista.

Manifestación Plataforma Ceuta con Palestina/ S. Iñesta
Abdellah Mustafa, durante la manifestación de la Plataforma Ceuta con Palestina

¿Cómo es posible que el dolor ajeno ya no nos sacude el corazón? ¿Cómo es que el grito desesperado de un niño, pidiendo comida y agua, no nos estremece el alma?

El sionismo antisemita reúne a los gazatíes en puntos de reparto de "comida" y los masacran, los tirotean y los bombardean, no discriminan entre niños y ancianos. No lo hicieron antes, ¿cómo lo harán ahora?

Hemos normalizado lo inhumano, se ha anestesiado nuestra humanidad, nos hemos convertido en espectadores fríos de una masacre que se repite día sí y día también.

Esta no es una guerra. Esta es una ejecución colectiva, lenta y metódica, ante los ojos del mundo. Y lo más vergonzoso no es que suceda, sino que permitimos que siga sucediendo.

Los dirigentes mundiales no pronuncian ni esas palabras vacías que antes decían: "preocupación", "llamamiento a la contención", "acuerdos de paz", mientras la tierra de Gaza se convierte en un cementerio abierto.

¿En qué momento se rompió nuestra capacidad de indignarnos? ¿En qué lugar enterramos nuestra empatía? Tal vez cuando empezamos a medir el valor de una vida según su nacionalidad.

Es hora de dejar de culpar exclusivamente a los gobiernos y asumir nuestra parte de responsabilidad. Porque cada vez que permanecemos en silencio, validamos el crimen.

No es Gaza la que está muriendo. Somos nosotros los que estamos muriendo moralmente, lentamente, frente a una pantalla.

Este artículo no busca convencer a nadie, busca sacudir conciencias. Que nos miremos al espejo y nos preguntemos: ¿qué haríamos si esos fueran nuestros hijos?

Ya no podemos permitirnos palabras vacías ni equidistancias cobardes. Hay víctimas y hay verdugos. Hay ocupados y hay ocupantes.

Gritemos que pare esta barbaridad, hablemos del genocidio, hablemos del exterminio, tenemos que abandonar el silencio porque nos hace cómplices.