Opinión

No estoy yo muy católico esta mañana

Pelayo Cid Matamoros no se sentía muy católico aquella mañana. Debió de ser algo que había comido la noche anterior.

Pelayo Cid Matamoros no se sentía muy católico aquella mañana. Debió de ser algo que había comido la noche anterior o esa cistitis inmisericorde que le acompañaba desde hacía meses, justo desde el día en el que comenzó a utilizar, sin gran éxito a juzgar por los resultados, el Jes Extender que adquirió clandestinamente en el sex shop de su cuñado. Fuera cual fuese la causa de aquel malestar, lo cierto es que Pelayo no estaba muy católico.

Fue entonces cuando comenzó a temer lo que se le venía encima. España se había convertido en un lugar hostil para tibios y pusilánimes. Levantarte por la mañana y no sentirte muy católico constituía una provocación, un modo insultante de significarse, una burla a los valores que han conducido a los españoles desde la barbarie de Atapuerca a la cima civilizatoria que encarnan las obras completas de Ricardo de la Cierva.

Para mayor desazón y zozobra, no fue sólo que no se sintiera muy católico. Es que, además, y como si su sangre se hubiera inficionado con el virus del más letal entreguismo judeo-masón, la apatía se apoderó de su estado de ánimo mientras contemplaba sus armas de caza, apoyadas sobre la chimenea coronada por el escudo de su casa solariega. Espantado, advirtió, por primera vez en su vida, que no le apetecía lo más mínimo viajar hasta un parque nacional para liarse a tiros con los rebecos.

Un helor hijo del espanto le recorrió la espina dorsal hasta el coxis. La españolidad se le escapaba a chorros y no existía torniquete que pudiera obstruir aquella sangría. Él, que llevaba España en su ácido desoxirribonucleico, descubrió, para mayor abundamiento en su desdicha, que en su código genético no quedaba ni rastro de Paquita Rico ni de la Monja Alférez.

De allí en adelante su existencia se convirtió en una dolorosa tortura. Abominó del fútbol en general y del gol de Iniesta en particular; vivió con traidor desapasionamiento la levantá de la Virgen de África; perdió todo ardor guerrero mientras admiraba, con zafia impudicia e indisimulada rijosidad, las ebúrneas formas que durante el desfile del Sábado Legionario dibujaban los uniformes estrechamente ceñidos sobre los cuerpos de la soldadesca; se deshizo de su abono para la Feria de Abril de Sevilla y del Cossío herencia de su padre, gran admirador de Jesulín y Morante; llegó a detestar la paella, el gazpacho y el ajoarriero, que remplazó por correosos filetes de roast-beef, chorreantes calçots y desaboridas vichyssoises; defenestró su colección completa de discos de vinilo de Antoñita Colomé; osó prescindir de su dosis diaria de Giorgi Line, el fijador que durante décadas había hermanado tan íntimamente su rebelde cabello azabache con sus meninges; sustituyó el belén por un diorama de la toma del Palacio de Invierno; se enroló en el “Open Arms”; envió a sus hijos varones a tomar clases de ballet clásico; alentó a sus hijas a mascar tabaco y a esputar en escupideras de cobre… Y, por si todo ello fuera poco, acabó votando al PACMA.

Aquella criatura, española y decente, se veía ahora despojada de todas las señas de identidad que hasta entonces le habían definido, desprovista de toda esencia, devenida en guiñapo, víctima del funesto encantamiento que aquella mañana hizo que, al levantarse y antes de desayunar, confesara a su esposa que no se sentía muy católico.

Como a la fuerza ahorcan, Pelayo ha resuelto matricularse en un curso intensivo de catalán en la Universitat Pompeu Fabra.

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