Opinión

Un arte escénico

Las campañas electorales han devenido en una disciplina más de las artes escénicas. Los políticos de nuestro tiempo han sustituido los mensajes por las grandes escenografías, las reflexiones en torno a los problemas que acucian a la sociedad por chácharas grandilocuentes, la gente por público de music-hall.  

Las campañas electorales han devenido en una disciplina más de las artes escénicas. Los políticos de nuestro tiempo han sustituido los mensajes por las grandes escenografías, las reflexiones en torno a los problemas que acucian a la sociedad por chácharas grandilocuentes, la gente por público de music-hall.  

Las intervenciones de las personas públicas ya no se juzgan por su sentido, su oportunidad o su agudeza. Lo que importa es la eficacia de la interpretación, la coreografía compuesta por los candidatos sobre el escenario o la densidad de entusiastas por metro cuadrado en el patio de butacas.

La campaña electoral ya ha comenzado embozada en precampaña (exigencias de la ley), lo cual, con arreglo a esta lógica, debe de convertir a los ciudadanos en algo que bien pudiera recibir el nombre de pre-electores, una suerte de subespecie al parecer fascinada por la rebuznar tonante de la megafonía, la colorida agitación de las banderitas y el tacto suave del papel satinado con el que se confeccionan los trípticos.

Un pre-elector debe de poseer un entendimiento más tosco, y en todo caso inferior, al de un elector, al que, a su vez, los partidos no parecen conceder tampoco un talento muy destacado. Quizás sea esa idea que tienen los aparatos de los partidos sobre sus votantes lo que aliente esa tendencia hacia lo dramático que cultivan los asesores de campaña.

Unas cuantas palabras sobre unos cuantos asuntos que en realidad preocupen a la gente bastarían. 

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