Opinión

Excepto las campañas electorales

Ya nada es lo que era, excepto las campañas electorales. Los medios a disposición de los partidos políticos han mejorado, las generosas donaciones públicas para estos menesteres han aumentado, los asesores en imagen y los consultores políticos están hoy más formados y son más perspicaces. Pero en el fondo, todo es como era en nuestra juventud.

Ya nada es lo que era, excepto las campañas electorales. Los medios a disposición de los partidos políticos han mejorado, las generosas donaciones públicas para estos menesteres han aumentado, los asesores en imagen y los consultores políticos están hoy más formados y son más perspicaces. Pero en el fondo, todo es como era en nuestra juventud.

Pese a los alardes de regeneración protagonizados por las fuerzas políticas más tradicionales, la conducta y los intereses defendidos por los partidos en campaña no han cambiado. Las ideas siguen ocupando un segundo plano en el orden de prioridades con el que configuran sus mensajes los aparatos electorales. Los artífices de estas campañas conciben a los ciudadanos como un hatajo de indolentes intelectuales, de pazguatos sin criterio, de tuercebotas que se dejan deslumbrar por las ovaciones y los colorines de los mítines.

La gente ha comenzado a reclamar más decencia, más justicia, más democracia. Y a cambio se nos ofrece música estridente y los mismos tópicos festejados con confeti y carteles de colores. Si lo importante hoy es evaluar la brillantez del mitin en lugar de ponderar de qué manera alcanza lo que allí se dice a las personas del común, no cabe duda de que tenemos un problema, el mismo problema de siempre. Si el éxito de una campaña depende del número de asistentes a los actos del partido, si contar a quienes agitan entusiastas la banderita del partido es el criterio, aviados estamos.   

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