Opinión

Multiculturalismo, ¿diversidad cultural o estrategia política?

La idealización es sólo una de las múltiples formas que adopta cualquier clase de marginación, toda una obviedad: querer algo por lo que imaginas que es, en vez de por cómo es en realidad, significa, ante  todo, privarlo de su identidad.  Con nuestra ciudad ocurre exactamente eso, nos perdemos entre discursos obsoletos con tufo a naftalina sobre la buena convivencia mientras nuestro ego se ratifica en un narcisismo cosmopolita.  Si sientes un cierto apego por un espacio de tierra limitado, lo mínimo es saber mirarlo.

La idealización es sólo una de las múltiples formas que adopta cualquier clase de marginación, toda una obviedad: querer algo por lo que imaginas que es, en vez de por cómo es en realidad, significa, ante  todo, privarlo de su identidad.  Con nuestra ciudad ocurre exactamente eso, nos perdemos entre discursos obsoletos con tufo a naftalina sobre la buena convivencia mientras nuestro ego se ratifica en un narcisismo cosmopolita.  Si sientes un cierto apego por un espacio de tierra limitado, lo mínimo es saber mirarlo. Basta con sentarse en un bar, o pasear por las redes sociales, para comprobar justo lo contrario y escuchar topicazos del tipo: “Seguro que tú no meterías un inmigrante en tu casa”, como si fuese un asunto de caridad en vez de justicia. Si encima te atreves a contradecir a los emisores de estas expresiones tan simplistas, seguramente seas tachado de pro marroquí por elegir un argumento lógico y no divergente. No deja de sorprender esa actitud en una ciudad como Ceuta, donde tradicionalmente estamos acostumbrados a compartir el territorio.

Tesis desconectadas de la realidad, terminología vacía, ideales usurpados, sistemas inflexibles, ése es el murmullo subterráneo que de verdad intuyo cuando oigo hablar a nuestros políticos locales de multiculturalismo, una palabra que han vaciado de todo significado, a la que se recurre como una moda de obligada alusión, para ponerla al servicio de actos públicos políticamente correctos. Y mientras la prensa internacional  pone a Ceuta y Melilla en el punto de mira, nosotros convertimos este concepto de crisol en una simple fórmula de cortesía política. Es como si el horizonte de la imaginación social no nos permitiera vislumbrar otra realidad que este capitalismo salvaje que se da por hecho, y la lucha por la diferencia de algunos “colectivos” quedara siempre confinada a absurdas batallas electrónicas en Facebook, concentraciones escaparates y otras dialécticas que no alimentan la necesidad urgente de ninguno de los que a nuestras playas llegan.  Y todo esto, mientras la barbarie, sigue su marcha triunfante.

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