Opinión

Van perdiendo

La celebración del Día del Trabajo constituye, en los tiempos que corren, todo un sarcasmo. Desde que hace ya casi una década se diera por inaugurada la crisis de la que, al parecer, estamos saliendo, los días de trabajo se han convertido en una rareza.

Más allá de las reflexiones que puedan hacerse acerca de la pérdida de la calidad de los empleos de los trabajadores españoles, de la depauperación de sus condiciones laborales, sería bueno detener la mirada en el estado actual del sindicalismo español. Las conmemoraciones del Primero de Mayo constituyen una buena excusa para ello.

La celebración del Día del Trabajo constituye, en los tiempos que corren, todo un sarcasmo. Desde que hace ya casi una década se diera por inaugurada la crisis de la que, al parecer, estamos saliendo, los días de trabajo se han convertido en una rareza.

Más allá de las reflexiones que puedan hacerse acerca de la pérdida de la calidad de los empleos de los trabajadores españoles, de la depauperación de sus condiciones laborales, sería bueno detener la mirada en el estado actual del sindicalismo español. Las conmemoraciones del Primero de Mayo constituyen una buena excusa para ello.

Hubo un tiempo en que las manifestaciones del Día del Trabajo constituían una multitudinaria reafirmación de las clases obreras, con miles de trabajadores ocupando las calles en un ambiente festivo y cargado de significado. Hace ya años que estas celebraciones se organizan con la inercia que imprime la costumbre, sin las grandes adhesiones de antaño, y, lo que resulta más desalentador, con un escasísimo prestigio entre aquéllos que deberían ser sus protagonistas: los trabajadores.

Resulta descorazonador que las organizaciones sindicales padezcan esa extrema debilidad que las ha convertido, a ojos de la mayoría de los trabajadores, en instituciones ajenas. Cuando más falta hacía, los sindicatos desaparecieron. Y resulta necesario recuperarlos. Los trabajadores están obligados a reorganizarse. Pues, de momento, van perdiendo.

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