La ciudad necesita una política madura, un liderazgo con visión y un respeto firme por quienes impulsan su desarrollo. Sin eso, el futuro que hemos empezado a construir podría venirse abajo. Los matices son importante pero la voluntad aún más.
Ceuta necesita liderazgo, visión y, sobre todo, respeto. Respeto a quienes crean empleo, a quienes arriesgan su capital, a quienes construyen ciudad todos los días desde el silencio. De lo contrario, todo lo que la ciudad ha avanzado podría empezar a deshacerse. Y eso no se lo puede permitir ni el gobierno, ni la ciudadanía.
Porque aquí no se trata solo de nombres o de siglas. Se trata del clima político, del rumbo económico y de la confianza colectiva que necesita una ciudad como la nuestra para seguir avanzando. Las guerras personales, el revanchismo institucional o el uso del poder como herramienta de castigo, no solo son impropios de una democracia madura: son profundamente contraproducentes.
¿A qué jugamos cuando desde los despachos del poder se señala con el dedo a quienes no forman parte del círculo afín? ¿Qué mensaje se lanza al empresariado local cuando, en lugar de facilitar, se obstaculiza? ¿Cómo puede crecer una ciudad si quienes tienen ideas y voluntad de invertir encuentran más obstáculos que apoyo?
Las guerras personales no son una demostración de fortaleza, sino el síntoma más claro de un gobierno débil. Un gobierno que prefiere dividir a construir, que opta por enfrentarse a quien discrepa en lugar de dialogar. Y ese no es el camino.
Durante los últimos años, Ceuta ha empezado a dibujar un futuro distinto. Se han abierto puertas a la inversión tecnológica, se han hecho avances en el ámbito logístico y portuario, se ha consolidado una apuesta por la diversificación económica. Iniciativas como el data center de Avangreen, los pasos hacia un turismo de mayor valor añadido o el impulso a la conectividad digital son ejemplos de lo que se puede lograr cuando hay cooperación entre sectores.
Pero todo eso puede desmoronarse si la política se convierte en una trinchera y el poder se ejerce como un arma arrojadiza. Porque el desarrollo económico no nace del ruido ni del miedo, sino del consenso, la confianza y el respeto institucional.
Ceuta necesita una política útil, madura, con altura de miras. Necesita que quien gobierna entienda que su función no es proteger intereses particulares, sino garantizar que las instituciones funcionen con neutralidad, que el tejido económico tenga seguridad jurídica y que las decisiones públicas respondan al bien común y no al capricho de una agenda personal.
La ciudad no puede permitirse más tiempo perdido en conflictos estériles. Quienes hoy gobiernan tienen una responsabilidad histórica: estar a la altura del momento. Y eso empieza por dejar atrás la confrontación y apostar, de una vez por todas, por el diálogo, la inclusión y el respeto mutuo. Porque aquí nos jugamos mucho más que un titular. Nos jugamos el futuro.