Opinión

Rostros

Las celebraciones de Semana Santa confieren a la ciudad un aire de solemnidad que deja su reflejo en los rostros de los creyentes, de los cofrades que aguardan todo año para conmoverse con la salida de sus imágenes, de los espectadores admirados por la belleza del ceremonial. Pero también hay otros rostros.

Las celebraciones de Semana Santa confieren a la ciudad un aire de solemnidad que deja su reflejo en los rostros de los creyentes, de los cofrades que aguardan todo año para conmoverse con la salida de sus imágenes, de los espectadores admirados por la belleza del ceremonial. Pero también hay otros rostros.

Con la misma fiereza con la que el escalador asegura la bandera en la cima del Kanchenjunga, la concejal luce, afincada en el occipucio, la mantilla ritual. Su rostro refleja el tormento de quien, en apariencia vencida por el peso de la fe, advierte cómo las horquillas que aferran la peineta al cráneo comienzan a quebrar la solidez del hueso para hermanarse con las meninges. Pese a todo, sonríe, aunque forzadamente: a los potenciales votantes que la reciben con requiebros; a la primera autoridad municipal, conmovida por la contrición que cree advertir en el rictus dolorido de este miembro de su equipo de gobierno; al asesor de la concejalía, que le responde con una genuflexión distribuida, a partes iguales y en movimientos marciales, entre la titular del ramo, el excelentísimo señor alcalde y la imagen del Cristo que le escruta desde el trono.

Más atrás, integrado en la delegación oficial, el concejal de la oposición esquiva la mirada de la talla, a la que imagina censurando su presencia entre los miembros de la comitiva, reprochando su pasado como comercial asociado de “Tuppersex”, sus inclinaciones filomarxistas, sus bostezos incriminatorios.

Las autoridades civiles (y militares) no pueden faltar en las manifestaciones populares.

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