Opinión

Su Majestad y los otros

La posibilidad de que el rey Juan Carlos hubiese estado dispuesto a negociar por Ceuta y Melilla con Marruecos ha excitado los ánimos de monárquicos, republicanos y caballas en general.

La posibilidad de que el rey Juan Carlos hubiese estado dispuesto a negociar por Ceuta y Melilla con Marruecos ha excitado los ánimos de monárquicos, republicanos y caballas en general.

Un documento desclasificado por las autoridades estadounidenses revela una conversación de 1979 en la que el rey emérito valora ante dos enviados de la Casa Blanca la posibilidad de ceder Melilla a Marruecos y poner Ceuta bajo un protectorado internacional. La información, más allá de sus implicaciones políticas, ayuda a poner de manifiesto cómo se puede bramar por la españolidad del terruño desde dos trincheras enfrentadas. Lo cual ha de ser recibido como una buena noticia. Algo parece que nos une.

Pero incluso en esta coincidencia –la defensa de la soberanía de España sobre la ciudad- se advierten estilos distantes y distintos. Parece que todos defienden lo mismo pero, a pesar de ello, nadie está dispuesto a desaprovechar la oportunidad de atizar al otro en lo más suyo.

De un lado, los patrimonialistas –aquellos que estiman que sólo hay un modo de ser ceutí y español- niegan la mayor, salen en tromba para proclamar la Inmaculada Majestad y se hacen cruces ante la peregrina idea de que, hace 40 años, el rey de España pudiera haber tenido un comportamiento semejante.

Del otro lado, los sospechosos –aquellos cuya conducta está siempre bajo escrutinio, una vigilancia con la que en el fondo gozan y que, a su juicio, justifica lo pelmazos que pueden llegar a resultar en la argumentación de sus tesis- reclaman la caída de la Casa Real por incongruente y falsaria.

La vida, si bien se mira, es muy divertida.

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