Opinión

A nuestros mayores

manumayores

Hoy quiero ofrecer un recuerdo a todos nuestros mayores, tan olvidados en esta pandemia, quienes abandonados por protocolos oficiales han hecho que el número de su marcha sea terrible. ¡Si...terrible, aunque muchos quieran ignorarlo!. Y no encontrando forma de expresar mi solidaridad con todas sus familias he decidió dedicarles un cuento que escribí hace tiempo para mi nieto, esperando que su lectura avive el recuerdo hacia todos los que se han ido y al tiempo sea del agrado a los que todavía permanecen entre nosotros. Y así empieza el cuento.

Érase, una vez que se era “UN GIGANTE, GRANDE…MUY GRANDE”. Este era un gigante, grande, grande… muy grande que olía a chocolate. Era tan grande…tan grande que casi era más alto que mi papa. Y un día vino a mi casa. Abrazó a mi mama y le dio un beso. Luego, dejo una cosa que llevaba en la mano, grande, grande… muy grande que olía a otras cosas de la calle, que yo todavía no conocía, porque no había salido casi nunca de mi casa y cuando lo hacía me dormía.

Y el gigante, grande… grande muy grande, se reía mucho, con no sé que de cosas que le contaba mi mama. Y después dio dos pasos grandes, grandes… muy grandes y se acercó a mí. Mirándome desde arriba abrió la boca enseñándome sus dientes blancos y hablo fuerte, fuerte…muy fuerte. Entonces de repente, se agachó sobre mí y yo me asuste mucho. Pero, tuve aun más miedo cuando me cogió con sus manos, grandes, grandes… muy grandes y me hizo volar hacia su cara, grande, grande… muy grande.

Y cuando yo asustado del gigante lloraba, me apretó contra su cara grande, grande… muy grande, y me dio un beso. Yo llorando miraba a mi mama, que sonreía y le decía cosas que yo no entendía. Y como yo lloraba mucho, alargó sus manos grandes, grandes… muy grandes y dejo que mi mama me apartase de su cara grande, grande… muy grande, que se reía cuando yo lloraba. Después…mi mama, me dejo en el suelo, porque yo ya no lloraba, pero seguía mirando muy asustado al gigante grande, grande… muy grande que estaba con mi mama. Y cuando estaba en suelo mirándole asustado, el gigante grande, grande… muy grande se agachó y de la bolsa grande que había dejado en el suelo, saco una cosa grande de colores muy bonitos y que tenía ojos brillantes que no se movían, y la dejo cerca de mis manos. Pero yo estaba todavía muy asustado, porque el gigante grande, grande… muy grande me miraba, riéndose y enseñándome sus dientes blancos. También mi mama se reía, mientras abrazado a la cosa que me había dado el gigante grande intentaba coger los ojos brillantes que no se movían. Y la piel de la cosa era muy suave, como la manta que me tapa en la cuna cuando duermo.

Luego, dio dos pasos grandes, grandes… muy grandes y se sentó en un sillón de la habitación en la que yo estaba, y mi mama se sentó con él. Y juntos reían, cuando yo en el suelo le miraba con miedo y cogía la cosa suave de los ojos brillantes que no se movían. Así estuvimos mucho rato los tres. El gigante grande, grande… muy grande hablando con mi mama y que cuando me miraba me enseñaba los dientes blancos que tenia. Y me daba mucho miedo.

Y cuando me acostumbre a la cosa blanda que mis manos cogían, el gigante grande, grande… muy grande, que ya casi no me daba miedo, alargo sus grandes manos y me subió otra vez hacia su cara. Y entonces ya no me asuste porque mi mama, estaba cerca y se reía. Y yo le miraba a los ojos brillantes que tenia y que si que se movían, pero ya no tenia miedo del gigante, grande… muy grande que me cogía y que olía a chocolate. Mama, se fue y el gigante, grande, grande… muy grande que tenia ojos brillantes que se movían, me dejo en el suelo y luego se sentó también junto a mi y jugamos juntos con la cosa blanda de ojos que no se movían. Y fue muy divertido, porque el gigante, grande, grande…muy grande, ya no me daba miedo y la cosa blanda de ojos que no se movía dejaba que la tocase y que la arrastrase por el suelo.

Y el gigante, grande, grande… muy grande, estuvo unos días en mi casa con mi mama y mi papa. Yo me acostumbre a verle, y ya no me daba miedo cuando me cogía y me decía cosas que yo no entendía, pero mama, se reía mucho cuando nos veía juntos y yo le miraba a los ojos brillantes que se movían, intentando cogerlos, pero no podía.

Una mañana ya no le vi. Pero ya nunca olvide a ese gigante grande, grande… muy grande que olía a chocolate y que ya no me daba miedo. Y cuando otra vez vino el gigante grande, grande… muy grande que olía a chocolate, ya no me asuste y deje que me cogiese con sus manos grandes, grandes… muy grandes y que acercase su cara a la mía. Porque ya no me daba miedo y además me hacia cosquillas.

Con el tiempo supe que el gigante grande, grande, muy grande, era mi abuelo, y desde entonces me lo paso muy bien con él cuando lo veo. Yo ya sé cómo me llamo y ya sé como se llama el gigante grande… grande que huele a chocolate y que ya no me da miedo. ¡Pero, como todavía no sé hablar, no puedo llamarle, solo dejarle que me coja con sus manos grandes, grandes…muy grandes y que me tenga en sus brazos, porque si no lloro mucho!.

Y aquí termina este pequeño cuento, con el deseo que jamás olvidemos a esos gigantes grandes, grandes…muy grandes que siempre fueron y son nuestros abuelos.

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