Opinión

La moria del Cervantes

Este es un artículo, confuso, profuso, difuso y casi tonto, que dedico a mi panda de amigos. Sí, esa banda de gente dicharachera, desenfada que todos los días nos reunimos. Es decir, que me refiero a mis entrañable amiguetes, convenientes, allegados y otros que se apuntan, cuya resiliencia nos permite reírnos de esto de aquello, de lo de acá y de lo mas allá. No, no hablamos ni discutimos sobre el sexo de los ángeles, ni tan siquiera de sobre cuantas alas de ángel caben en la cabeza de un alfiler. No hablamos de todo de lo que entendemos, de lo que no sabemos y de lo que desconocemos, en este grupo de chócholos no cabe la seriedad lo que nos permite siempre opinar.  Y a este tribunal, nada colegiado de censura libre sobre mis artículos les dedico estas letras, como verso suave y sonata dulce. Y eso que ya cada vez me gusta menos escribir, pero bueno, qué se le va a hacer, así son ellos y me han empujado. En él habrá cosas que quizás no les gusten demasiado pero qué se le va a hacer. De todas formas siempre sacarán de ello un no sé qué, que como un no sé qué, lo más probable es ¿que quién sabe? Por ello Isaque, Antonio, Cristóbal, Abdelkader, Premi, etc, y otros espontáneos (bueno realmente ellos no son, son otros) pero ¿esto va por vosotros?. Solo os pido que agradezcáis no por lo escrito, sino por que no escriba más.

Y va por vosotros porque en la euritmia de la historia de Ceuta, los tilingos siempre han brillado. Quizás sea que en el tráfago del distópico nosocomio en que a veces se convierte esta ciudad todas nuestras sinsorgadas, tienen cabida. ¡Incluso nosotros!

¡Ahora, todos al diccionario! Es la moría que nos separa del trágalo que supone escuchar todos los días a los demás de lo que aquí pasa y no contagiarnos con el andancio de la estulticia más profunda que a veces nos recorre por las venas y que se extiende con facilidad. Porque en esas reuniones todos somos importantes y nos convertimos en verdaderos ingenieros de lo que sea, incluso navales, simplemente por decir que tenemos un huerto de nabos. ¡Ah, por cierto! A ver si arreglan de una vez el toldo que cuando llueve nos mojamos, nos enojamos y se reduce drásticamente el tiempo de tan sabrosona tertulia, dejándonos sin duda sin exponer sesudas reflexiones del instante que nuestras intricados pensamientos son capaces de idear.

Y en estas alegres tertulias nos atrevemos con todo. Hablamos de los actuales herederos intelectuales de Bakunin (por cierto, que consideraba que en el futuro algunos intentarían asumir el control del estado, creando una burocracia roja que haría el régimen más vil y brutal que el mundo jamás ha conocido negando el libre albedrio, -a ver si los anarquistas de ahora lo piensan alguna vez). También hablamos de los hechos más irrelevantes locales y sobre todo, sobre todo, de nosotros mismo y de lo listos que nos sentimos en nuestras banales argumentaciones.

No hay tema que desconozcamos, aunque no tengamos ni idea de lo que es o significa. Nosotros, sin duda, los analizamos y solucionamos sesudamente. Nada se escapa a nuestra vista y perspicacia del ojo avizor de águila que poseemos y que nos caracteriza. Porque volar no volamos nada, pero de reptar sabemos y llo que nos echen. ¡Verdad!.

En fin, que esta banda (no me atrevo a llamarnos de otra forma) formamos un conjunto que todos junto hacemos un buen conjunto. Un conjunto que ya quisieran para ello la pandilla de los teleñecos.

Y si de esta manera, que no de otra, pasamos blanda y muellemente unas horas de la mañana tan ricamente, escuchándonos y disfrutando de nuestras propias conclusiones. Luego nos separamos y nos convertimos en personas casi, casi normales que nos confundimos anónimamente entre las más de las gentes. De todas maneras, gracias amiguetes por tan magníficos momentos de circo, payaseo y alegría que todos los días disfrutamos.

Ah, se olvidaba un beso muy fuerte a todos los impudentes comentaristas anónimos.

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