Opinión

Y a mi pueblo, ¿quién le pide perdón?

El autor critica la exigencia planteada por el Gobierno de Méjico al rey de España, Felipe VI, de que pida perdón por la conquista española del país norteamericano

FELIPE VI
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Llevo unos días escuchando a los actuales dirigentes mejicanos exigiendo a España que pida perdón por descubrirles y conquistarlos. Ya que al parecer su historia no es la que yo estudié en su tiempo. Y conforme a mi idea de que la historia nunca puede ser un simple cuento del pasado sino que nos indica nuestra evolución social, porque ser la puerta de dos continentes es lo que conlleva. Es por lo que me atrevo a escribir estas líneas. Aunque debo advertir que con cierta o total ironía. Vaya usted a saber si no es sorna simplemente.

Y consecuentemente después de superar el asombro, la extrañeza y el sobrecogimiento que me produce tal petición, ya que al parecer debe ser mi generación de idiotas la que se disculpe de algo que se produjo hace ya más de 500 años y que además lo piden los descendientes de esos conquistadores, me he dado cuenta que yo también puedo hacer la misma petición que ellos. Y así voy a pedirla y justificarla.

En primer lugar, quiero explicar mis orígenes y por los que exijo que se disculpen todos. Y así empiezo por las verdaderas víctimas, «mis ancestros», que son los neandertales, quienes convivieron con algún que otro grupo conocido como cromañones, hasta desaparecer, seguramente por culpa de estos últimos. ¡Vaya usted a saber, pero ahí está la cueva de Altamira! Luego llegó el homo sapiens. ¡Bien! Pues todos ellos también se divertían y eran felices, repartiéndose bofetadas y palos a diestro y siniestro, con la alegría propia de los felices primeros humanos, incluso comiéndose entre ellos, cuando la caza era escasa. Pero luego, sin venir a cuento, aparecen los denominados celtas e iberos, quienes asumiendo sus variopintas diversiones siguieron con la sana costumbre de matarse ente ellos y a los demás. Es más, hasta se subían a los árboles y se comían a los pájaros con saña. Vamos, toda una vida plena de satisfacciones y objetivos metafísicos. ¡Pero eso sí, todos muy defensores de la naturaleza!

Pero tanta alegría fue envidiada por otros pueblos y así llegaron a invadirnos los fenicios, los cartagineses y los romanos, que, sin dudarlo, se dedicaron a repartir palos a todos sin discriminación alguna. Es más, los odiados romanos nos impusieron sus leyes, acabando con nuestros usos y costumbres, nos enseñaron los palotes para sumar y además construyeron carreteras, puentes y fundaron ciudades, haciendo casi desaparecer nuestras hermosas aldeas libres donde los aldeanos triscaban libremente por sus silvestres campos. Pero, no contentos con todo esto, nos impusieron el latín como idioma de todos, acabando con nuestros magníficos sonidos guturales. Y así, desde entonces, rosa-rosae tan difíciles de pronunciar. ¡Cómo añoro los guturales signos de grrr...brrr, oing...oing, ñan... ñan y muuu... que tanto utilizábamos!

Pasó el tiempo y unos pueblos del norte de Europa pasaron el rio Rin y llegaron a nuestra tierra. Eran otros salvajes bárbaros conocidos como alanos, suevos, godos y después los visigodos (Leovigildo, Recaredo, San Isidoro...). Buena gente, que una vez que machacaron a los ahora mestizos, nos obligaron a convertirnos por la fuerza en católicos, diciéndonos además que todos éramos iguales ¡Nada tu tía! Poco tiempo duro esta paz de la espada, ya que después llegaron los alfanjes de los musulmanes (Tariq y Muza), que a base de sablazo y garrotazo casi acaban con todos los habitantes que no se convertían a su religión. Y así implantaron el califato con Abderramán I y la escuela Malaquita. Solo dejaron a unos pocos godos libres a los que consideraban como burros salvajes que vivían en los montes del norte, y en este grupo nació un tal Pelayo. Y van y se quedan, enseñándonos otras muchas cosas de su civilización, como los mercados y el uso del agua. Pero bueno, gracias al palo y al tente tieso, que tan bien se nos daba, fueron expulsados. ¡Porque en eso del palo somos magníficos maestros!

Y una vez que considerábamos que estábamos en paz con nuestros reyes del terruño llegan Isabel y Fernando y unifican el territorio. Pero apenas poco después, vienen de Flandes los descendientes de los Austrias (Carlos I), quien también a base de palos une de nuevo a todos (Villalar) y así este país progresa, hasta el punto de convertirse en un imperio inmenso, donde nunca se ponía el sol (Felipe II).

Mas con el tiempo, llegaron los Borbones (Felipe de Anjou), quienes también a base de bofetadas unifican el país por decreto (Decreto de Nueva Planta) con lo que todos se someten a las mismas leyes. Y, para terminar, ahora, después de más de 40 años de pacífica dictadura donde el que se movía solo salía en la foto de la ficha policial y de la prisión, que una vez acabada por la muerte en su cama del dictAdor, nos sumergimos en otros de más 40 años de democracia, hemos vuelto a las andadas de nuestros usos y costumbres ancestrales, y de esta manera,  Cataluña y Vascongadas, entre otras, recuperan la tradición del enfrentamiento y el sopapo entre nosotros mismos. ¡NIHIL NOVUM SUB SOLE! (Nada nuevo bajo el sol)

Bien hasta aquí una somera descripción de lo que tuvieron que sufrir mis ancestros en su pequeña aldea de neandertales y a la que nunca nadie pidió ni pide perdón. Pero demos tiempo al tiempo, ya que, por alguna razón irresistible del instinto de especie, desde el principio todos, sin excepción, se embardunaron mutuamente con sus flujos genitales, haciéndonos perder nuestro ADN inicial, lo que dificulta su reconocimiento, todavía podemos exigir el perdón. ¡Porque sobre el gustirrinín de las razones genitales nadie debe opinar!

Pero lo que verdaderamente me anima a pedirlo es que ahora leo y escucho que van los mexicanos y nos exigen pedir perdón por conquistarlos, según ellos, con apenas 400 hombres dirigidos por un tal Hernán Cortes y apoyado por los miles de mexticas que disfrutaban de ser asesinados todos los días a los crueles dioses de los aztecas, hasta el punto de que estaban siendo aniquilados (Moctezuma) (francamente no sé de qué se quejaban, si solo los sacrificaban unos meses al año para honrar a los dioses aztecas), quienes ya habían acabado con los mayas, no tienen otra cosa que hacer y van y les conquistan.

Y todo para robares el oro, que por cierto México no tiene, y además aparte de que los sinvergüenzas de estos españoles les conectó con el mundo (algo que nadie les pidió) y construyen carreteras, iglesias, catedrales, universidades y no sé cuántas cosas más, todas ellas insultantes para los pobres indígenas. ¡Es increíble el desprecio de esos conquistadores! Porque tampoco debemos olvidar que dejaron libre su instinto de especie  dando sus fluidos genitales a diestro y siniestro (mestizaje).

Y lo sorprendente es que lo pide un descendiente de españoles, porque me han contado que, al parecer, sus ancestros provienen de Santander (No lo sé). Vamos que no nos aclara su descendencia de los akatecos, amuzgos, awakatecos, comichies, etc, todos ellos oriundos pueblos indígenas y que actualmente siguen poblando la nación mejicana (antiguo Virreinato español). Y creo que ha obligado a su actual presidenta, descendiente también al parecer, del grupo Asquenazí del este europeo, a decir lo mismo. ¡Y LO HACEN EN EL IMPUESTO IDIOMA ESPAÑOL DE LOS CONQUISTADORES! ¡TOMA YA!

Y yo pienso que primero estoy yo en exigir que se me pida perdón, por el atentado a mis ancestros neandertales y luego si me lo dan, ya exigiré una indemnización. Y lo del tal Obrador, expresidente de México, ya lo discutiremos civilizadamente, como pertenecientes a la actual generación de idiotas que sufrimos con talante y diálogo.