Opinión

Vergüenza, daño, rabia, asco e indignación

Opinión de Javier Ángel Díez Nieto
Lanzamiento de objetos durante la visita institucional a Paiporta

He dejado pasar unos días para que la rabia, el asco y la indignación por la asoladora devastación acaecida en Valencia, que ha sufrido una desgracia sin parangón, no dominasen mis pensamientos. Pero, ya pasado ese tiempo, puedo mostrar mi vergüenza y asco hacia la clase política que ha demostrado su ineptitud para defender a los suyos. ¡Sí, a aquellos que juraron defender como obligación personal! Y también he recordado que, hace varios años, cuando el atentado de los trenes en Madrid (11-M) asoló a toda la población española, Julián Marías escribió en un artículo: "¡Un viento de dolor ha recorrido toda España!". Hoy podríamos decir lo mismo, al conocer la desolación que la DANA ha causado en Valencia. Pero tampoco seríamos justos si pensamos que ese viento de dolor ha entrado en todos los hogares españoles.

Porque no ha sido así. Ya que nos han demostrado que en la casa grande de los diputados españoles no ha entrado, y así, obviando el daño y dolor de sus ciudadanos, ellos, mostrando una ausencia total de responsabilidad, han seguido con sus cacicadas y su política de cantina, legislando para ocupar todos los puestos de influencia en los medios de comunicación, como han hecho con el consejo de la Radiotelevisión Española, aumentando estratosféricamente sus soldadas. Bien. De esta forma, han mostrado que solo les ha preocupado aumentar la capacidad de propaganda de sus personales intereses, al tiempo que mantienen su servil obediencia al “puto amo” que les asegura los pingües sueldos que babosamente cobran de los impuestos de todos los ciudadanos. Confirman con ello que hace tiempo olvidaron que la dignidad es más importante para vivir que un sueldo regalado. En fin, cualquier vocablo que se me ocurriese no manifestaría el asco absoluto que me producen con su insolidaria actitud. Pero, ¿qué hemos hecho para merecernos a esta calaña parásita de la política?

Porque la desolación en Valencia es terrible, para cualquier bien nacido. Ya se contabilizan más de 220 cadáveres (por ahora) y un exponencial número indeterminado de desaparecidos. Porque la gente no necesita solidaridad, sino soluciones, y estas solo las puede dar un Estado bien gobernado. Pero, en estas circunstancias, el Estado solo ha mostrado su ausencia e ineptitud total y tan solo se han dedicado a echarse la culpa unos a otros, como justificante por no asumir su propia responsabilidad. Y aquí también me refiero a la autoridad autonómica valenciana. Porque tanto el Estado como la autonomía han demostrado su ausencia, su incompetencia y su falta de sensibilidad hacia los ciudadanos que prometieron proteger. Pero bueno, ahora, cuando todavía muchas zonas valencianas huelen a barro, agua contaminada y cadáveres en descomposición, algunos políticos, entre otras lindezas, se defienden diciendo que ellos no están para achicar agua (Sumar).

Y así estamos, viendo a los políticos luchando por sus propias competencias. Lo único que me tranquiliza es pensar que estamos asistiendo al crepúsculo del bipartidismo, sobre todo de esa izquierda insensible que, apalancados en la canasta cubana de supervivencia e incapaces de generar riqueza, solo sabe repartir la que otros crean, empobreciendo a todos y, por otra parte, la actual derechita timorata, que solo sabe esperar el error de los demás para gobernar ellos, como ejemplo claro y sangrante: la actitud del presidente del Partido Popular de Valencia (un tal Carlos Mazón) en estos hechos, actuando servilmente.

No sé si la gente recordará todo esto cuando llegue el momento de votar de nuevo. Sobre todo, lo que han hecho aquellos representantes diputados valencianos, los suyos, que los han despreciado a pesar de haber prometido defenderlos. Espero que no lo olviden, porque esto ha sido terrible. Aunque estoy seguro de que muchos que han considerado las siglas de un determinado partido político como religión de tribu personal seguirán, como ganado de estabulación, votando siempre a los mismos. Y esto es así porque creen que no votarles sería un anatema que los condenaría al infierno.

Y, para el colmo de la desfachatez, el presidente del Gobierno, después de hacer el indio en la India y en su afán de asumir un poder único que subordine a los demás poderes de la democracia, ha dicho como excusa cobarde que, como los reyes absolutos, él dará sus mercedes generosamente siempre que se le pidan cortésmente. ¡Increíble! Por cierto, sigue sin declarar el estado de alarma, como le exige la misma ley. Sobre todo, cuando sabemos que el Ejército, la Policía y la Guardia Civil, que mantienen todos los ilimitados recursos del Estado para estas situaciones, solo dependen de su orden para actuar, no de ninguna autoridad autonómica.

¡Y no se lo han permitido, a pesar de que ellos mismos lo pedían! ¿Y cuántas vidas se hubieran podido salvar con una rápida intervención de estos cuerpos?

También quiero expresar en este escrito mi enhorabuena y admiración a la bonhomía y valor del Rey Felipe VI, que, de forma estoica y honorable, ha aguantado en estas circunstancias que la queja, la lógica indignación y la furia justa de un pueblo asolado por la desgracia le golpeasen e insultasen. Mientras el presidente, que pensaba que el rey era un buen escudo para su responsabilidad, huía cobardemente de la ira de la multitud ante el grito de “date el piro”. Y, asustado por la rabia popular, el presidente ha dejado al rey solo, quien, a pesar de todo esto, ha afrontado la situación manteniéndose en su lugar y ha demostrado con su actitud su gallardía personal, haciendo buena la realidad de aquella obra de teatro de Lope de Vega (siglo XVII), titulada “El mejor alcalde, el rey”, porque, a fuerza de ser sincero, estos gestos muestran la hombría de las personas.

Para terminar, quiero manifestar mi tristeza, dolor, vergüenza, impotencia y solidaridad con las gentes valencianas, así como mi total desprecio a esta actual calaña política que no sabe lo que es gobernar para todos, ya que han mostrado claramente su incapacidad. 

¡Y ha tenido que ser la gente de la calle la que se ha organizado para aportar con su ayuda a los damnificados! En fin, hay cosas que son intolerables. Y recuerden que, cuando los políticos pierden la vergüenza, la gente les pierde el respeto. Y nosotros, la gente normal, no nos merecemos estos políticos.