Un sector olvidado que necesita más que protestas: necesita unidad y conciencia profesional
Mientras la ciudad duerme, miles de profesionales montan guardia. Vigilantes de seguridad que protegen empresas, hospitales, centros comerciales y residencias. Pero ¿quién protege sus derechos? La respuesta, cada vez más clara, debería ser ellos mismos.
El Deterioro Sistemático de una Profesión
Los números hablan por sí solos, y lo que cuentan es la historia de un sector que ha ido perdiendo terreno año tras año. La desaparición del plus de transporte y vestuario en las pagas extraordinarias. La eliminación en 2022 del 75% del incremento de libranza semanal, condenando a los trabajadores a apenas disfrutar de un día y medio libre a la semana. La supresión del complemento por IT del artículo 51.b.2 del convenio, que garantizaba hasta el 80% del salario desde la segunda baja.
Pero el listado no termina ahí. Los congelamientos salariales conviven con subidas insuficientes que obligan a seguir haciendo horas extras interminables. Se mantiene la figura del vigilante de pie durante jornadas de hasta 12 horas cuando podría hacerse sentado. Los cómputos permanecen sin reducción. No hay plus que compense los turnos rotativos constantes. Y el recargo por hora extraordinaria sigue siendo inexistente.
Los Derechos que Nunca Llegaron
Más doloroso aún es lo que nunca se conquistó. El derecho a la huelga, mermado en 2002 y jamás recuperado. La dotación actual, inferior incluso a la del antiguo Convenio VI. Sin mejoras en jubilación parcial. Sin avances en conciliación familiar.
Y ahora, la amenaza final: sindicatos mayoritarios negociando a puerta cerrada, sin consultar a las bases, presionando para que se firme antes de que sea tarde, sin afiliación real, invitando a buscar otras siglas si no hay conformidad.
Cuando el Defensor se Convierte en Mercenario
Quizá lo más amargo de esta historia no es solo la pérdida de derechos, sino descubrir quién facilitó esa pérdida. Porque hay una verdad incómoda que debe ser dicha con claridad: algunos sindicatos han dejado de representar a los trabajadores para convertirse en mercenarios que trabajan en su propio interés.
Firman convenios a espaldas de las bases. Negocian sin consultar. Presionan para cerrar acuerdos que benefician más a la patronal que a quien paga cuotas sindicales. Y cuando los trabajadores protestan, la respuesta es: "Si no te gusta, vete a otro sindicato".
¿Cuántas subvenciones reciben por firmar? ¿Cuántos puestos liberados dependen de mantener buenas relaciones con las empresas? ¿Cuántas sillas en mesas de negociación se conservan siendo "razonables" —léase: complacientes— con la patronal?
Un sindicato que no consulta a sus afiliados no es un sindicato. Es una estructura burocrática que vive del conflicto laboral sin resolverlo. Un intermediario que cobra por ambos lados: cuotas de trabajadores y subvenciones por "paz social".
La realidad es cruda: para algunas organizaciones sindicales, los vigilantes de seguridad no son compañeros a defender, sino números en estadísticas que justifican su existencia y financiación.
Manifestarse No Basta: La Revolución Empieza en Cada Puesto
Aquí está la verdad incómoda que pocos se atreven a decir: esto no se arreglará solo con manifestaciones. Las pancartas son visibles, las concentraciones hacen ruido, pero si al día siguiente cada vigilante vuelve a su puesto a hacer exactamente lo mismo, nada cambiará.
La transformación real comienza con decisiones cotidianas:
Dejar de hacer lo que no te corresponde. ¿Cuántos vigilantes asumen funciones de mantenimiento, recepción, limpieza o gestión que no están en su contrato? Cada vez que aceptas hacerlo "solo por hoy", estás normalizando la explotación. La empresa ahorra un empleado y tú trabajas gratis.
Dejar de criticarse entre compañeros. Este es quizá el enemigo más silencioso. Mientras los vigilantes se señalan entre sí —"ese es un vago", "aquella siempre llega tarde", "ese nuevo no aguantará dos meses"— las empresas avanzan sin resistencia. La división es su mejor aliada. Cada crítica destructiva entre compañeros es un clavo más en el ataúd de los derechos colectivos.
Unirse de verdad, no de palabra. La unión no es compartir quejas en el grupo de WhatsApp. Es apoyarse cuando alguien dice "no" a un abuso. Es no ocupar el turno del compañero que está ejerciendo su derecho legítimo. Es construir una red real de solidaridad profesional.
Exigir transparencia sindical. Si tu sindicato negocia sin consultarte, si firma sin tu voto, si te pide que confíes ciegamente: desconfía. Un representante real rinde cuentas. Pregunta, cuestiona, exige explicaciones. Y si no las recibes, actúa en consecuencia.
El Poder Está en las Manos de Quien Trabaja
Las empresas del sector han comprendido algo fundamental: un colectivo dividido, crítico consigo mismo y dispuesto a asumir cualquier función con tal de "no complicarse la vida" es un colectivo fácil de gestionar. Y si además cuentan con sindicatos cómplices dispuestos a firmar cualquier cosa, el escenario es perfecto.
Los sindicatos pueden negociar, pero si los trabajadores no sostienen esas negociaciones con firmeza desde abajo, todo acuerdo será papel mojado. Las patronales ceden cuando el coste de no ceder es alto. Y ese coste solo lo crean trabajadores unidos y conscientes de su valor.
Pero cuidado: no todos los que se llaman defensores lo son realmente. Algunos han cambiado las banderas de los trabajadores por despachos climatizados y nóminas aseguradas.
Un Llamado a la Dignidad Profesional
Ser vigilante de seguridad es una profesión que requiere formación, responsabilidad y, en muchos casos, pone en riesgo la propia integridad. Sin embargo, se ha normalizado tratarla como un trabajo de segunda categoría.
Es momento de recuperar la dignidad profesional. No desde la confrontación estéril, sino desde la conciencia colectiva. Cada turno es una oportunidad para decidir: ¿perpetúo el sistema que me explota o construyo, con pequeñas acciones, la base de un cambio real?
Las manifestaciones visibilizan el problema. Pero son las decisiones diarias, en cada garita y cada servicio, las que construyen la solución.
La pregunta no es si los sindicatos negociarán mejor. La pregunta es: ¿Estaremos unidos para sostener lo que se negocie? ¿Tendremos la fortaleza de no traicionarnos entre nosotros? ¿Seremos capaces de decir "no" a lo que no nos corresponde? ¿Y seremos lo suficientemente valientes para señalar a quienes nos traicionan desde dentro, aunque lleven el nombre de "sindicato"?
Porque al final, los derechos laborales no se regalan. Se conquistan. Y se defienden. Cada día. En cada puesto. Juntos. Y sin intermediarios que cobren por ambos lados.
Los vigilantes de seguridad son los guardianes silenciosos de nuestra sociedad. Quizá ha llegado el momento de que la sociedad, y ellos mismos, empiecen a cuidar de quienes nos cuidan. Y de que identifiquen claramente quién está de su lado... y quién solo finge estarlo.