Llevamos décadas hablando de Ceuta en el idioma equivocado. El idioma de la defensa, de la soberanía amenazada, de la frontera que proteger y la bandera que no ceder. Es un idioma que todos entienden, que moviliza emocionalmente y que sirve muy bien para ganar debates en televisión. El problema es que no ha construido nada. Ni una empresa, ni un puerto que funcione a su potencial, ni un proyecto que dé a los 85.000 ceutíes razones para quedarse y motivos para creer que su ciudad tiene futuro.
Hablar de Ceuta solo desde la soberanía es como hablar de una casa solo desde sus cerraduras. Las cerraduras son necesarias, nadie lo discute. Pero una casa no se mide por lo bien que está cerrada sino por lo bien que se vive dentro. Y dentro de Ceuta, desde hace demasiado tiempo, se vive con la incertidumbre permanente de quien sabe que su bienestar depende de factores que no controla.
Cuando el marco lo determina todo
El marco desde el que se plantea un problema determina las soluciones que se pueden ver. Si planteas Ceuta como un problema de soberanía, las únicas respuestas posibles son defensivas: más valla, más firmeza diplomática, más declaraciones de que España no cederá. Esas respuestas pueden ser necesarias en momentos de crisis, pero son completamente inútiles para construir prosperidad en tiempos de calma.
Si en cambio planteas Ceuta como una oportunidad geográfica y económica, las respuestas cambian radicalmente. Una ciudad de 85.000 habitantes situada en el punto exacto donde se encuentran dos continentes, dos economías y dos mundos culturales no es un problema a defender. Es un activo extraordinario que está siendo desperdiciado.
El estrecho de Gibraltar por el que pasa Ceuta es una de las rutas comerciales más transitadas del planeta. Cada día cruzan por delante de sus costas miles de barcos cargados de mercancías entre Europa, África y Asia. Ceuta los ve pasar. No participa de ellos. No los capta. No los aprovecha. Eso no es un problema de soberanía. Es un problema de visión.
Lo que Ceuta podría ser si alguien lo decidiera
Hay ciudades en el mundo que han convertido su posición geográfica en su principal industria. Singapur lo hizo en un estrecho entre el océano Índico y el Pacífico. Dubái lo hizo entre Europa, Asia y África. Gibraltar, a apenas 14 kilómetros de Ceuta, lo ha hecho a su manera con servicios financieros y logística marítima. Ninguna de estas ciudades tiene recursos naturales extraordinarios. Todas tienen algo más valioso: una posición y la decisión de explotarla con inteligencia.
Ceuta tiene la misma posición. Le falta la decisión.
Un puerto franco de verdad, con capacidad logística moderna y conexiones directas con los principales puertos africanos, convertiría a Ceuta en un nodo imprescindible para el comercio entre Europa y el continente africano, cuya economía crecerá de forma sostenida en las próximas décadas. Una zona de servicios financieros con su estatuto fiscal especial podría atraer empresas que necesitan operar en ambos continentes bajo marco europeo. Una plataforma tecnológica y de formación profesional orientada al mercado euroafricano daría a los jóvenes ceutíes un horizonte profesional que hoy no tienen.
Nada de esto exige renunciar a un centímetro de soberanía. Todo esto exige algo más escaso en la política española: imaginación y voluntad de ejecución.
La identidad como ventaja, no como trinchera
Ceuta tiene algo que ninguna otra ciudad española tiene: una identidad profundamente plural. Conviven en ella comunidades de origen español, árabe, judío e hindú con siglos de historia compartida. Esa diversidad ha sido tratada históricamente como una complejidad a gestionar. Es en realidad una ventaja competitiva extraordinaria en un mundo donde las empresas buscan desesperadamente talento con capacidad de operar en múltiples culturas e idiomas.
Una ciudad que habla español y árabe con naturalidad, que tiene raíces en Europa y en África, que conoce los códigos culturales de ambos lados del estrecho, es exactamente el tipo de ciudad que necesita cualquier empresa que quiera hacer negocios en el continente africano desde una base europea segura y regulada.
Esa identidad no es un problema de cohesión social que resolver. Es el activo más diferenciador que tiene Ceuta y el menos aprovechado de todos.
El cambio de conversación que nadie se atreve a proponer
Plantear Ceuta desde el futuro y no desde el miedo requiere un cambio de conversación que resulta incómodo para casi todos los actores políticos. Para la derecha, porque implica dejar de usar la ciudad como símbolo de firmeza nacional. Para la izquierda, porque implica apostar por un modelo económico propio en lugar de depender de transferencias del Estado. Para Marruecos, porque implicaría reconocer implícitamente que la cooperación es más rentable que la presión. Para la Unión Europea, porque implicaría comprometerse con un modelo de integración con África basado en prosperidad compartida en lugar de en gestión de fronteras.
Todos tienen razones para resistirse. Y sin embargo todos tendrían mucho que ganar si alguien rompiera el hielo.
Ese alguien no tiene por qué ser un gobierno nacional. Puede ser la propia sociedad civil ceutí, sus empresarios, sus universidades, sus asociaciones vecinales, exigiendo que la conversación sobre su ciudad cambie de registro. Que deje de ser una conversación sobre lo que Ceuta no puede perder y se convierta en una conversación sobre lo que Ceuta puede ganar.
Una ciudad que merece ser protagonista de su historia
Los 85.000 ceutíes no eligieron nacer en una ciudad fronteriza con historia geopolítica compleja. Pero sí merecen que quienes los gobiernan estén a la altura de esa complejidad. Que la gestionen con inteligencia en lugar de con eslóganes. Que construyan sobre ella en lugar de limitarse a defenderla.
Ceuta lleva siglos siendo punto de encuentro entre civilizaciones. Ha sobrevivido a todo. Sobrevivirá también al abandono y a la polarización si sus ciudadanos deciden que ya es suficiente. Que quieren una ciudad que mire hacia adelante, que aproveche lo que tiene, que construya lo que le falta y que deje de ser el escenario de una disputa que solo beneficia a quienes viven de mantenerla abierta.
No se trata de olvidar la historia. Se trata de no quedar prisioneros de ella.
Ceuta no es una fortaleza que defender. Es una ciudad que construir. Y ya va siendo hora de que alguien empiece a tratarla como tal.
Jose Antonio Carbonell Buzzian