Opinión

Diagnóstico y desafíos del Sistema de Protección a la Infancia

Artículo de opinión de José Antonio Carbonell Buzzian

Centro de Menores La Esperanza
photo_camera Centro de Menores La Esperanza./ Archivo

España cuenta con 1.375 centros de protección de menores, con un total de 19.057 plazas y un tamaño medio de 14 plazas por centro. Sin embargo, este volumen estadístico oculta una realidad mucho más preocupante: cerca de 52.000 niños, niñas y adolescentes tienen actualmente una medida de protección en España. Además, el país duplica la media mundial de menores viviendo en centros de atención residencial: 210 de cada 100.000 menores residen en este tipo de recursos, frente a los 105 por cada 100.000 registrados a nivel global.

El dato más crítico es que aproximadamente eAl 50% de los menores abandona el sistema simplemente por alcanzar la mayoría de edad, mientras que apenas un 8% sale de un centro para integrarse en una familia acogedora. Este hecho evidencia un problema estructural que va mucho más allá de las cifras.

1. Introducción: El problema estructural del acogimiento residencial

El sistema de protección residencial en España no funciona, en muchos casos, como una solución temporal, sino como un destino prácticamente permanente. Numerosos menores ingresan entre los 7 y 15 años y permanecen institucionalizados hasta cumplir los 18 años. Esto no representa un fracaso individual, sino un fallo del propio diseño institucional.

Desde la entrada en vigor de la Ley Orgánica 8/2021 (LOPIVI), la desinstitucionalización se ha convertido oficialmente en una prioridad política. UNICEF respaldó la estrategia española orientada a integrar a los menores en la vida comunitaria y reducir progresivamente la presencia de niños en centros de protección, especialmente en edades tempranas.

Sin embargo, los datos muestran una evolución muy limitada. Entre 2021 y 2024, el número de plazas residenciales pasó de 18.757 a 19.057, mientras que los centros aumentaron de 1.347 a 1.375. El crecimiento es moderado, pero suficiente para demostrar que el modelo residencial continúa siendo la base del sistema de protección.

La conclusión resulta clara: la desinstitucionalización es hoy una aspiración política, pero la práctica refleja una situación de estancamiento estructural.

2. Anatomía del problema: los cuatro pilares de la disfunción

2.1. Permanencia indefinida: la institucionalización como trayectoria

Que la mitad de los menores abandone el centro únicamente al cumplir la mayoría de edad revela un mecanismo institucional profundamente problemático: el centro deja de ser un recurso transitorio y se convierte en un espacio de permanencia prolongada.

Uno de los factores principales es la falta de inversión en el acogimiento familiar. Construir una red sólida de familias acogedoras exige procesos de selección rigurosos, formación especializada, apoyo psicológico continuo, ayudas económicas adecuadas y seguimiento profesional. Ninguno de estos elementos está garantizado de manera homogénea en todo el territorio nacional.

A ello se suma la creciente complejidad de muchos perfiles derivados a centros residenciales. Se trata, con frecuencia, de menores con antecedentes de trauma, violencia, trastornos emocionales, conductas agresivas, barreras idiomáticas o experiencias previas de ruptura familiar. Estos casos requieren equipos altamente especializados y recursos estables.

También existe una fuerte desigualdad territorial. Los nuevos centros abiertos en los últimos años se concentran especialmente en comunidades como Madrid e Islas Baleares, reflejando diferencias importantes entre territorios en cuanto a políticas de protección y desinstitucionalización.

2.2. Rotación profesional y desgaste institucional

El proceso desinstitucionalizador ha situado al acogimiento residencial bajo una enorme presión pública y política. Se cuestiona el tamaño de los recursos, la capacidad de individualización y la propia lógica institucional de funcionamiento.

La elevada rotación de profesionales suele interpretarse como un problema organizativo, aunque la realidad es mucho más compleja. Los educadores y auxiliares enfrentan situaciones de extrema tensión: agresiones, autolesiones, consumo de sustancias o crisis emocionales graves, muchas veces sin protocolos claros ni protección jurídica suficiente.

Además, existe una importante sensación de inseguridad laboral. En numerosos casos, los profesionales perciben que una denuncia puede poner en riesgo su carrera sin contar con garantías procedimentales adecuadas. A esto se añaden salarios poco competitivos y condiciones de trabajo emocionalmente muy exigentes.

El resultado es un fenómeno recurrente: muchos de los profesionales más preparados abandonan el sistema tras pocos años, provocando una pérdida constante de experiencia y calidad asistencial.

2.3. Fragmentación normativa: las 22 leyes de infancia

España cuenta actualmente con 22 leyes de infancia entre normativa estatal y autonómica. Esto significa que cada comunidad autónoma regula de forma distinta aspectos esenciales como la definición de centro, las cualificaciones profesionales, los protocolos de intervención o las garantías disciplinarias.

Las consecuencias son profundas. Un profesional en Murcia no trabaja bajo las mismas condiciones que otro en Cataluña o Euskadi. Los protocolos de contención, los procedimientos internos y los derechos laborales varían considerablemente entre territorios.

Esta fragmentación genera competencia entre comunidades, desigualdad en la calidad del servicio y ausencia de estándares profesionales homogéneos.

2.4. El silencio regulatorio: lo que LOPIVI no define

A pesar de su amplitud, la LOPIVI deja vacíos importantes. No existe una definición clara de figuras como los ACE, ni una regulación estatal de funciones, acceso profesional o formación obligatoria.

Tampoco hay protocolos unificados de contención, ni garantías específicas para los educadores ante denuncias o procedimientos disciplinarios. Cada centro acaba desarrollando mecanismos propios, muchas veces de manera improvisada.

La gran pregunta es inevitable: ¿cómo puede garantizarse una protección integral si el propio sistema no define con claridad quién protege y bajo qué condiciones?

3. Efectos documentados de la institucionalización

3.1. Deterioro de la autonomía

Diversos análisis académicos han identificado consecuencias negativas asociadas a la institucionalización prolongada: pérdida de redes sociales, deterioro de hábitos cotidianos y una reducción progresiva de la autonomía personal.

Un menor que permanece en un centro desde los 12 hasta los 18 años puede llegar a la vida adulta sin experiencia real de convivencia familiar, sin red de apoyo y sin referentes estables. La mayoría de edad se convierte entonces en una transición abrupta hacia la independencia, muchas veces sin recursos suficientes.

3.2. Rupturas de acogimiento

La presión por desinstitucionalizar rápidamente puede generar nuevas rupturas emocionales. Trasladar menores a familias o recursos más pequeños sin preparación adecuada aumenta el riesgo de fracaso del acogimiento y añade más inestabilidad a trayectorias ya muy frágiles.

Paradójicamente, una desinstitucionalización acelerada y mal planificada puede producir más daño que una institucionalización estable y supervisada.

4. Análisis comparado: lo que falta en España

4.1. Estándares internacionales

Las Directrices de Naciones Unidas sobre modalidades alternativas de cuidado establecen que los centros residenciales deben ser recursos de último recurso, pequeños, especializados y temporales. No se trata de eliminar completamente los centros, sino de garantizar que funcionen con calidad, seguridad y objetivos claramente transitorios.

4.2. Ausencia de evaluación de calidad

Aunque la estrategia estatal insiste en reforzar la transparencia y la rendición de cuentas, España todavía no dispone de un sistema nacional homogéneo de evaluación de calidad de centros residenciales.

No existen inspecciones sistemáticas públicas, indicadores comparables de resultados ni acceso transparente a datos sobre incidentes, rotación de profesionales o rupturas de acogimiento. Otros países europeos, como Francia, Alemania o Portugal, sí cuentan con marcos de evaluación más uniformes.

5. El coste humano no contabilizado

5.1. La transición a la mayoría de edad

Cuando un menor cumple 18 años dentro del sistema residencial, pierde automáticamente gran parte de la protección institucional. En muchos casos no dispone de vivienda garantizada, ayudas suficientes ni una red estable de apoyo profesional.

Además, no existe una estadística oficial sólida sobre qué ocurre con estos jóvenes tras abandonar el sistema: cuántos caen en pobreza, exclusión o situaciones de violencia.

5.2. El impacto en los educadores

Los profesionales también sufren las consecuencias del modelo actual. Trabajan bajo altos niveles de estrés, con recursos limitados, escasa protección jurídica y poca estabilidad laboral.

La falta de reconocimiento profesional y de estructuras equivalentes a otros ámbitos educativos provoca aislamiento y desmotivación. Como resultado, muchos perfiles cualificados abandonan el sector.

6. Recomendaciones: hacia un sistema profesionalizado

La mejora del sistema exige avanzar hacia una auténtica profesionalización de la protección residencial. Entre las principales medidas destacan:

  • Establecer un estándar nacional para centros residenciales.
  • Limitar el tamaño máximo de los recursos.
  • Exigir formación especializada obligatoria para educadores y directores.
  • Crear un Registro Nacional de ACEs.
  • Implantar protocolos claros de contención e intervención.
  • Garantizar procedimientos disciplinarios con seguridad jurídica.
  • Desarrollar auditorías independientes y sistemas públicos de evaluación.
  • Implementar programas reales de emancipación progresiva para jóvenes extutelados.

7. Conclusión: profesionalización, no desinstitucionalización acelerada

La estrategia española de desinstitucionalización parte de un objetivo legítimo: que los menores puedan crecer en entornos familiares siempre que sea posible. Sin embargo, el problema surge cuando se aceleran los cambios sin garantizar previamente alternativas sólidas y sostenibles.

Actualmente persiste una paradoja evidente: los centros siguen siendo la única opción disponible para muchos menores, mientras los profesionales trabajan en condiciones precarias y las transiciones continúan siendo inestables.

La solución no pasa únicamente por reducir la institucionalización, sino por construir una mejor institucionalización: centros pequeños, especializados y supervisados; profesionales formados y protegidos; protocolos claros y evaluables; y acompañamiento real hacia la vida adulta.

Cada vez más expertos coinciden en una idea fundamental: no se trata simplemente de mover menores de un recurso a otro, sino de asegurar que el contexto de cuidado sea verdaderamente estable, seguro y sostenible. Eso es profesionalización, no ideología.