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historias de volaeras

José de Marco, un superviviente de los salazones

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photo_camera Fotografía de la familia de Marcos Hernández (CEDIDA)

José Hernandez, conocido como “José de Marcos”, por su padre, es el más antiguo de los maestros salazoneros en activo hoy en día. Con 70 años sigue al pie de su volaera preparando cada año sus bonitos, huevas y volaores secos y sus anchoas. Lo podéis encontrar cada día en su cuartillo del muelle de pescadores donde habitualmente desarrolla este arte del salazón. Ésta es la historia de su familia y sus volaeras.

Los padres de José, Marcos y María, procedían de San José y Cabo de Gata, en Almería.. Éste llegó solo a Ceuta embarcado para aprovechar aquella fiebre de la pesca gracias a la abundancia de los caladeros de Ceuta y la costa marroquí.

Al estallar la guerra no pudo volver a su tierra y terminada ésta María con sus hijos Antonio y Pedro se desplazó para unirse a Marcos en Ceuta y fijar su residencia en la ciudad. Como anécdota, cuenta María José, una nieta de Marcos, que Pedro, entonces hijo menor, tuvo que venir de polizón pues al contar sólo con cinco años no le dejaban viajar en el barco que los traía desde Cabo de Gata.

Asentada la familia, Marcos siguió como marinero en los barcos de pesca hasta montar su primera volaera.

Su historia en los salazones se inicia sobre principios de 1950 “cuando mi padre Marcos Hernández comienza a montar su primera volaera en lo que llamaban en La Almadraba la explanada de la obra, frente a su casa, donde también se ubicaron la de Luis Lamorena, hijo del dueño de la fábrica de conserva del mismo nombre, y otra de Segado”.

Ésta fue entonces la ocupación principal de Marcos y sus hijos Antonio y Pedro y. más tarde, José. A éste le quedaban algunos años para enrolarse en la volaera familiar “aunque con siete años ya dio comienzo mi enseñanza del arte de los salazones guiado por mi hermano Antonio” La volaera, la bonitera y el trasmallo eran las artes que ocupaban a la familia y único medio de sustento de la misma.

Reseñar que la abuela María y la única hija del matrimonio, María, colaboraban en estas volaeras con diferentes tareas: tener las tinajas llenas de agua del mar para limpiar las capturas de volaores, limpiar el pescado y confeccionar las comidas ya que desde el montaje de la volaera en primavera hasta finalizado el verano la mayor parte del día la vida familiar se hacía en el “chambao”.

En 1963, Marcos y su familia trasladan su sequero al lado de la iglesia, “llegando a ocupar el sitio donde Agustín Carmona, abuelos de mis amigos Agustín y Manolo, montaba la suya”, nos comenta José.

“En ese lugar ya estuvimos ubicados hasta que las volaeras en la forma que se conocían desde decenas de años atrás, con su chambao y sus cañizos desaparecieron para ir a ocupar su actual ubicación en la Explanada de Juan XXIII”.

El tiempo que José estuvo en su sequero junto a la iglesia, esta actividad era una fuente de trabajo. “Las capturas de volaores se contaban por cientos y cercana al millar diario y era un espectáculo ver cómo se desplegaban las redes y cómo a cada corrida eran numerosos los ejemplares enganchados en las mismas”.

Para el que les relata esta historia y amigos comunes de José, su volaera fue una universidad de la pesca del volaor, pues era raro el día que Agustín Oliva, Antonio Téllez, Juan Hernández “Tai” y el que suscribe dejarán de embarcarse en unas de esas pateras para disfrutar de este arte. "El pago por la tarde-noche con cervecitas y alguna ración del desaparecido Espigón era algo obligado y ahí estábamos hasta bien entrada la noche”, relata José.

Para los amantes de este arte hay en YouTube un vídeo completo de la pesca del volaor con la volaera de Cayetano León y el posterior tratamiento del pescado en tierra para su secado. Esta actividad, tal como se ve en el video, ya no lo veremos más en el mar por lo que recomiendo su visión por lo de histórico que tiene. Jorge León es su autor.

Y es que “hace unos doce años se prohibió la pesca del volaor tal como se conocía con dos botes o pateras que muchos de los propietarios de sequeros tenían”

Su pesca era laboriosa y muy singular.  "Se extendía una línea de red que acababa en un semicírculo. De la punta de ese semicírculo se hacía firme una de las pateras mientras la otra recorría la cara de la red conduciendo al volaor hasta ese semicírculo, momento en que se golpeaba el agua con los remos para que el pescado en su huida se enganchara en la red, siendo habitual que si la cantidad de pescados era muy grande, se lanzarán algunas personas al centro del semicírculo para hacer más veloz la huida del volaor enganchándose más cantidad en la red”, nos cuenta José.

Aún hoy se podría pescar con el bote auxiliar de una embarcación de la lista 3 pero los gastos de la tripulación en seguros sociales y la merma en la cantidad de volaores que cada temporada se pescan no haría rentable su captura, acudiendo al mercado de Marruecos o los pocos que capturan las almadrabas, este año unos 800 en total, cantidad que capturaba una volaera en un solo día hace 30 años.

Es por ello que el producto estrella en los últimos años es el secado del bonito entero o en lomos y sus huevas.

Como consecuencia de la situación que se comenzó a dar con las nuevas normas de pesca del volaor y el descenso en la captura de los mismos, muchos de estos maestros salazoneros, entre ellos José, buscaron otra forma de mantener a sus familias. "Por ello en 1982 pude pasar a formar parte de la plantilla de Urbaser aunque siguiera cada año con la preparación de los salazones y el montaje de la volaera de la que mayormente se hacía cargo mi mujer”.

José nos habla de la situación actual de las volaeras. “La situación es de inquietud; las viejas estructuras hacen difícil adaptarlas a los requerimientos de las actuales normas sanitarias, la situación económica de los actuales maestros salazoneros, personas con unos ingresos que les da para subsistir y algunos en paro, hacen inviable invertir en nuevas instalaciones".

"No se pide que se monten grandes obras ni nada por el estilo, sólo que podamos contar con una instalación que sea lugar idóneo para trabajar el salazón y que a su vez cumpla con la normativa sanitaria actual”, puntualiza José.

Por último, José espera que se apoye esta actividad, de las pocas que le quedan a la ciudad en relación con la que fue una industria que dio mucho empleo y riqueza en un pasado reciente, la pesca artesanal, no sólo en instalaciones sino en acciones de formación para que el relevo generacional de los maestros salazoneros sea una realidad y porque no, sea una actividad de creacion de empleo.

Hasta aquí la historia de una familia salazonera, la de Marcos Hernández y el heredero de la tradición familiar, su hijo José Hernández, “José de Marcos”.

Este relato o parecido lo podríamos encontrar en cualquier familia, que son muchas, y que en La Almadraba y la Playiya montaron años tras años sus volaeras, cada una con sus singularidades.

La triste realidad es que sólo quedan ocho volaeras, ocho maestros activos donde sólo tres maestros son jóvenes y el resto algún día colgarán los trastos por su edad. ¿Perderemos esto tambien?.

Por respeto a esas familias y a la historia de las volaeras, escrita durante decenas de años, espero que no.

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