En la Guardia Civil casi todo empieza con un número. El que cada agente lleva en el pecho. Pero detrás de esos números hay historias, trayectorias y decisiones que marcan una vida entera.
Rocío Osorio Madrid y Ana Rosa García Corbella llevan cerca de dos décadas vistiendo el uniforme. Este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, ambas hablan con naturalidad de cómo llegaron al cuerpo, de lo que ha cambiado desde entonces y de lo que aún queda por recorrer en una institución que durante muchos años fue, casi exclusivamente, cosa de hombres.
Rocío pertenece a la promoción 112, de 2006. Ana, a la siguiente, la 113, de 2007. Entre las dos suman casi cuarenta años de servicio. Rocío lo dice con una sonrisa que mezcla orgullo y vértigo. “Ahora en septiembre mi promoción cumple veinte años. Tengo 41… así que llevo prácticamente la mitad de mi vida en la Guardia Civil”.
Vocación, familia y oportunidades
Las dos llegaron al cuerpo por caminos distintos, aunque con algo en común: el ejemplo cercano.
En el caso de Ana, fue su hermano mayor quien dio el primer paso. “Él ya estaba dentro y eso me influyó bastante. Yo no me podía presentar antes porque exigían una estatura mínima de 1,60. Cuando la bajaron, en 2006, me presenté. Ese año no aprobé, pero al siguiente me puse a estudiar y entré”.
Rocío creció también con un uniforme cerca. Su padre es policía nacional. Aquello despertó su interés por la criminología y por el trabajo policial. “En mi casa somos muchos hermanos y no había muchas posibilidades económicas para estudiar fuera, así que entrar en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad era también una forma de abrir camino”. El vínculo familiar con el uniforme no se quedó ahí. Su hermano Ramón Arias es policía local en Ceuta y otro de sus hermanos, Francisco Javier, también terminó en la Guardia Civil, en el equipo de montaña. “Le animé yo a presentarse”, cuenta entre risas.
De uniformes de hombre a chalecos adaptados
Cuando ambas entraron en la academia, el cuerpo empezaba a cambiar… pero todavía quedaba mucho por hacer. Ana lo recuerda con claridad. “Cuando llegamos, los uniformes eran de hombre. Ese mismo año empezaron a cambiarlos. También los chalecos antibalas. Poco a poco se han ido adaptando a la fisionomía de la mujer”. El cambio también se ha notado en los números.
En su promoción, Ana recuerda que apenas había 200 mujeres entre unos 3.000 aspirantes. Hoy la presencia femenina ha crecido de forma notable. “Creo que en la última promoción ya ronda el 35%. Eso es muchísimo más”. Aun así, durante años la realidad era otra. “En muchas unidades éramos cinco mujeres entre cien guardias civiles. Y en el turno, muchas veces solo una”.
Ganarse el respeto
El respeto en la calle también ha cambiado con el tiempo. Rocío lo tiene claro. “Ahora se nos respeta más. Yo siempre he sido de hacerme respetar. Nunca he pensado que por ser mujer iba a ser menos”. Ana añade un matiz que muchas compañeras comparten. “A veces tenemos que demostrar el doble. Eso todavía pasa. Pero cada vez menos”.
La diferencia generacional también se nota. “Un chaval de veinte años hoy te ve igual que a un hombre. Quizá con personas de 70 u 80 años todavía hay otra mentalidad. Pero lo que viene detrás ya lo ve completamente normal”.
Un trabajo con muchos caminos
Si algo destacan ambas es la cantidad de especialidades que ofrece la Guardia Civil. Rocío lo explica casi como si hablara de una gran empresa con múltiples departamentos. “Puedes ir al Seprona si te gusta la naturaleza, a Policía Judicial, Información, Fiscal… hay muchísimos campos. No todas las profesiones te dan tantas opciones”. Ella, por ejemplo, trabaja en el área Fiscal, aunque reconoce que siempre le llamó la atención Información.
Ana, en cambio, se habría quedado en Policía Judicial, especialmente en la atención a víctimas de violencia de género. “Estuve cuatro años colaborando con un equipo VioGén en Guadalajara y me gustaba muchísimo ese trabajo”.
Salir de casa y aprender el mundo
Las dos coinciden en algo: entrar en la Guardia Civil también es salir de casa muy joven y aprender a vivir lejos del entorno familiar.
Rocío recuerda perfectamente el momento en que dejó Ceuta para su primer destino. “Me fui sola en mi coche a Madrid sin haber conducido nunca por autovía. Iba asustada”. Su primer destino fue Galapagar. “Sales del cascarón de tu casa y empiezas a enfrentarte a la vida real”. Ana comparte esa sensación.
“Con veinte y pocos años te tienes que buscar la vida lejos de tu familia. Pero eso te curte muchísimo”, señala. A cambio, se gana algo que dura toda la vida. “Amigos por toda España”, dice Ana.
“En todos lados”, añade Rocío. “Hemos estado en el norte, en Madrid, en Andalucía… conoces gente de todas partes y esos vínculos se quedan”.
“Claro que volveríamos”
Después de casi veinte años de servicio, la pregunta parece inevitable. ¿Volverían a hacerlo? La respuesta llega rápida y sin dudar. “Sí”, dice Rocío. “Yo también”, añade Ana.
“Es duro, hay que estudiar, entrenar y sacrificarse, pero cuando miras atrás sientes mucho orgullo”. Rocío incluso ya empieza a sembrar la vocación en casa. “Mi hija tiene nueve años y ya la estoy animando”. Porque si algo tienen claro ambas es que hoy el uniforme ya no es una excepción para las mujeres. Es, simplemente, una opción más. Y una muy exigente. Pero también, como dice Ana, “una aventura que sí se puede conseguir”.
Rocío y Ana no se consideran pioneras, aunque lo sean. Solo dos mujeres que un día decidieron dar un paso que entonces parecía poco común. Hoy, su historia sirve para recordar que la igualdad también se construye así: con decisiones valientes, con constancia y con la convicción de que sí, claro que volverían a hacerlo.