La pasarela de Juan XXIII tiene los días contados. Lo que durante años ha sido un paso elevado imprescindible para muchos vecinos de la barriada, para el acceso al paseo marítimo y a la playa del Chorrillo será desmontado por completo a partir de mediados de abril, después de que los técnicos hayan confirmado lo que ya se intuía a simple vista: la estructura no da más de sí.
El deterioro, acelerado por los últimos temporales, empezó pareciendo un problema menor, casi estético. Pero las inspecciones posteriores fueron quitando capas al asunto hasta dejarlo claro: la pasarela no estaba solo fea, estaba tocada. Y en la zona de acceso, directamente comprometida.
El consejero Alejandro Ramírez reconoce que el estado de la estructura está más deteriorado de los previsto. “Visualmente ya estaba en muy mal estado, pero los informes técnicos han confirmado que la solución no es reparar, sino sustituir”, explicó tras hacerse público el diagnóstico definitivo. La decisión llegó después de una revisión general de infraestructuras consideradas críticas, en la que esta pasarela salió especialmente mal parada. Tanto, que hubo que cerrarla temporalmente por precaución.
Con ese panorama, la Ciudad ha optado por una actuación de emergencia que no deja margen a medias tintas: desmontar el puente actual y colocar uno nuevo, diseñado específicamente para el lugar. Mientras los vecinos siguen bordeando la zona como pueden, ya se trabaja en la fabricación de la estructura que tomará el relevo.
Si no hay contratiempos, las obras arrancarán a mediados de abril y se prolongarán entre tres y cuatro meses. El calendario apunta a que la nueva pasarela podría estar lista en verano, aunque todo dependerá de que los plazos se cumplan al milímetro.
Desde el Gobierno insisten en que no se trata de un capricho ni de una operación cosmética. Es, dicen, una intervención necesaria para garantizar la seguridad y mantener en funcionamiento un punto clave de la movilidad urbana. La vieja pasarela se despide; la nueva ya está en camino.