El impacto de un coche contra un muro ha desatado la indignación en Huerta Téllez. Los vecinos advierten del peligro que representa el paso hacia Antonio Parrado Gil, una vía sin salida, sin iluminación, por la que circulan vehículos a gran velocidad para una zona residencial. La petición de cierre ha sido rechazada por la Consejería de Fomento por motivos técnicos.
El golpe de un coche contra un muro ha sido la última sacudida. No por el ruido, sino por el miedo. En Huerta Téllez, los vecinos viven con la angustia de que el próximo impacto no sea contra cemento, sino contra su propia casa.
La escena se repite. Vehículos que entran por un acceso sin salida, sin iluminación, y que toman la calle Antonio Parrado Gil como si fuera una pista de rally. “Un día, en lugar del muro, va a ser una vivienda”, avisan. Y no lo dicen por dramatizar. Lo dicen porque lo temen. El paso desde la Avenida Miguel Arruda hacia Antonio Parrado Gil —estrecho, oscuro, con escaleras que se convierten en trampa de noche— se ha convertido en un quebradero de cabeza. “Ni es seguro para los que vivimos aquí, ni para quienes pasan”, denuncian. La Comunidad de Propietarios pidió el cierre del acceso. La respuesta del Ayuntamiento ha sido un no.
La Consejería de Fomento lo justifica en un informe técnico: cerrar ese paso sería “no conveniente”. ¿El argumento? Seguridad. En caso de emergencia, los camiones de bomberos no podrían acercarse lo suficiente a los portales 6, 8 y 10, quedando fuera del radio que exige el Código Técnico de la Edificación: 30 metros como máximo.
Además, la calle solo tiene una vía de salida, hacia la Avenida de la Argentina. Si hay un incendio, la evacuación se complica.
La negativa al cierre ha sido refrendada por la Unidad Administrativa de Licencias de Obra Menor (LODIU), que respalda el criterio del arquitecto municipal. Pero en los portales de Huerta Téllez el problema es otro. No se habla de evacuaciones futuras. Se habla de peligros presentes.
“El informe habla de cómo salir. Pero nadie parece hablar de cómo evitar que tengamos que hacerlo”, reprochan los vecinos. Porque lo que para la administración es un problema técnico, para ellos es una cuestión de vida diaria: motos a toda velocidad, farolas rotas —a pesar de las denuncias hechas el pasado abril ante la propia Consejería—, ruido de madrugada y una sensación de inseguridad que no cesa.
“Esto no es un acceso. Es un punto negro”, insisten. Y mientras las instituciones debaten normativas, los vecinos colocan sus muebles temiendo que, algún día, un coche no se frene a tiempo y acabe dentro del salón.