El Novio de la Muerte sonó este sábado con una hondura distinta, más grave, más sentida. Sus notas acompañaron el último adiós a Álvaro García Jiménez, capitán enfermero ceutí fallecido el pasado domingo en el accidente ferroviario de Adamuz. Un adiós marcado por el silencio, el respeto y, sobre todo, por el inmenso cariño que rodeó a quien se fue demasiado pronto.
El acuartelamiento García Aldave acogió unas honras fúnebres en las que el dolor era inevitable, pero donde también se impuso la fortaleza. La de una familia —padres y hermana— que, en uno de los momentos más difíciles que puede atravesar una vida, supo sostenerse con una entereza que conmovió a todos los presentes. Álvaro tenía solo 32 años, y aun así, su despedida fue la de alguien que deja una huella profunda.
Desde primera hora de la mañana, el comedor del acuartelamiento se fue llenando de compañeros, amigos, autoridades y ciudadanos que quisieron estar cerca, acompañar, abrazar en silencio. No hacían falta palabras. Bastaba la presencia. Bastaba estar.
El acto comenzó en torno a las 10:00 horas y contó con la asistencia del presidente de la Ciudad y la delegada del Gobierno, además de una amplia representación de la corporación local, visiblemente afectada por la pérdida de un joven militar que hacía apenas dos meses había regresado de cumplir misión en Irak. La lluvia, persistente a primera hora, acompañó el homenaje como un telón discreto, casi respetuoso, en una mañana en la que el cielo parecía compartir el duelo.
Las honras estuvieron presididas por el teniente general Julio Salom, general jefe del Mando de Canarias, junto al comandante general Luis Herrero y su antecesor, el general en la reserva Marcos Llago Navarro, jefe del Centro de Historia y Cultura Militar.
El féretro con los restos mortales de Álvaro fue trasladado desde la Capilla Ardiente, situada en el Salón del Príncipe, hasta el lugar del homenaje, portado por sus compañeros y cubierto con la enseña nacional. Una bandera que, al término del acto, fue entregada a sus padres y a su hermana, en uno de los momentos más sobrecogedores de la ceremonia.
Antes, el salón volvió a estremecerse con el Novio de la Muerte, la Canción del Legionario y la recitación de dos de los espíritus del Credo Legionario, el del Legionario y el de la Muerte. Palabras y músicas que no solo honran a quien parte, sino que sostienen a quienes se quedan.
Finalizado el acto, el féretro fue acompañado de nuevo al Salón del Príncipe junto a la familia. Y entonces, casi como un gesto simbólico, el sol se abrió paso entre las nubes. Un último instante de luz para despedir como merecía a un joven ceutí al que hoy llora su ciudad, pero al que también agradece su entrega, su vocación y su paso por la vida.
Álvaro se fue, pero no solo. Se fue rodeado de amor.