El 7 de la calle Fernández, tal y como era, ya no existe. Una pala ha entrado en el solar adyacente para arrasar con el edificio. Todavía se podían ver muebles en perfecto estado, cuadros en las paredes, sartenes sobre los fogones de la cocina y armarios llenos de ropa mientras la excavadora echaba abajo la estructura; como si en aquella casa se hubiera detenido el tiempo.
Para Juan Antonio Cruz y su familia lo hizo. Mañana, día 23, se cumplirían ocho meses exactos desde que los desalojaran a toda prisa del que durante casi cuatro décadas había sido su hogar.
Los sacaron de su casa sin previo aviso, después de que la promotora avisara a la Ciudad de que había optado por parar las obras de demolición en la parcela de al lado -casi terminadas y dejando todos los escombros sobre la medianera del número 7- porque, en aquel momento, apreciaba riesgo de derrumbe.
Finalmente y tras iniciar los trámites para realizar un informe patológico -a pagar de su bolsillo- que aclarara el estado del inmueble y los motivos que lo habían llevado a él, aceptaron la oferta económica de la mencionada promotora para vender la casa. Una propuesta en la que venía insistiendo desde hacía meses, antes de llevar a cabo la infame demolición.
Ese estudio -el citado informe arquitectónico- nunca llegó a realizarse. Tampoco de oficio por parte de la consejería de Fomento, cuya gestión el día del desalojo generó recelos en los vecinos -por una rapidísima tramitación que favoreció a la constructora- y que a posteriori en ningún caso ha buscado esclarecer realmente lo ocurrido.
Al poco tiempo la puerta de entrada al edificio fue precintada y enladrillada para evitar que nadie pudiese acceder y la parcela llena de escombros tapiada, convirtiéndose desde el verano en un vertedero improvisado. A la basura arrojada por algunos vecinos, se han sumado los desechos de otra obra colindante. Las colonias de gatos cercanas han encontrado también su parque de atracciones particular en la parcela, donde comen, duermen y juegan nuevas camadas.
Ha sido un visto y no visto. En cuestión de una hora lo que quedaba de la estructura de la esquina ha desaparecido entre la mirada curiosa de algunos viandantes, que no han podido sino detener su paso y mencionar incluso la “lástima” de ser testigos del derribo. Todavía hay trabajo por hacer, escombros que limpiar y muros que tirar, pero el 7 de Fernández ya ha cambiado para siempre.

