Mientras en otras ciudades se prohíben celebraciones religiosas por motivos políticos, Ceuta sigue demostrando que la convivencia no es un eslogan: es su forma de vida.
En España cada vez se habla más de “ellos” y “nosotros”. En Ceuta, eso no suena raro, para según quien. Aquí, donde la Semana Santa y el Ramadán comparten calle, la convivencia no es un eslogan: es el día a día. Y sí, lo digo con conocimiento de causa, porque llevo más de 20 años viviéndolo.
Desde el primer día me sorprendió esa frase tan repetida para quejarse: “En Ceuta es diferente”. Lo cierto es que sí, lo es. Especialmente en lo que respecta a la diversidad cultural. Por mucho que algunos se empeñen en negarlo, aquí hay convivencia. A pesar del “ellos y nosotros” que a veces se cuela en las conversaciones como si habláramos de dos bandos, la realidad es otra: cristianos y musulmanes conviven, muchos comparten lazos de sangre y la mayoría, amistad.
Aquí se vive sin pudor ni conflicto la Semana Santa y el Ramadán. Y para muchos ceutíes es natural —y emocionante— ver al Cristo de Medinaceli salir de la barriada de Príncipe Alfonso, donde el 99% de sus vecinos son musulmanes, y pasar frente a la mezquita de Sidi Embarek, mientras decenas de fieles esperan con respeto.
Por eso cuesta entender decisiones como la del Ayuntamiento de Jumilla (Murcia), que ha prohibido las celebraciones islámicas del fin del Ramadán o la Pascua del Sacrificio en el polideportivo municipal, rompiendo con una tradición de años. Vox y unos presupuestos de por medio han bastado para aprobar la nueva normativa.
En una España cada vez más polarizada, donde los discursos de odio calan con más fuerza en los jóvenes, no es difícil recordar el episodio vivido hace unos meses en Torre Pacheco, cuando se destiló odio hacia un colectivo tras la agresión de un joven a un anciano.
En este contexto, Ceuta —y también el presidente Vivas— ha ido por libre en comparación con otros lugares. Muchos son los que se ríen de la frase “se llamen como se llamen o recen como recen” muy de los discursos de Juan Vivas, pero basta con que se aprueben medidas como la de Jumilla para que el ciudadano de a pie tome conciencia de la ventaja que lleva nuestra ciudad: aquí hay cosas que no se negocian. Y así es. Ojalá lo siga siendo mucho tiempo.
Porque esto va más allá de los políticos y de los gobiernos. Va de personas. De vecinos, de amigos, de familia. De vivir y dejar vivir. De respeto —sobre todo de respeto— hacia toda cultura y creencia.
Ceuta, aunque “pequeña, dulce y marinera”, es inmensa en cultura, en mezcla y en respeto. Aquí no había que hacer encaje de bolillos para ver a Ganesha mostrando sus respetos a la Virgen de África. Pero a alguno le molestó. Y ahí está la lección: el respeto no se legisla, se practica. Y no hay que dejarse doblegar, porque Dios es Dios, se rece como se rece.
Decir la verdad incomoda. No decirla, a la larga, sale mucho más caro.
Sin rodeos: prefiero perder un clic que perder el respeto.
S. Iñesta