Hace 89 años, Antonio López Sánchez-Prado, médico y alcalde republicano de Ceuta, fue fusilado en la playa del Tarajal tras un consejo de guerra sumarísimo. Su recuerdo pervive en la estatua que custodia la Puerta Noble del Ayuntamiento.
La madrugada del 5 de septiembre de 1936 en Ceuta no fue una más. Antonio López Sánchez-Prado aguardaba en una celda del Cuartel del Rey el desenlace que, en el fondo, ya conocía. Desde Tetuán había llegado la confirmación: la pena de muerte dictada contra él y sus compañeros sería ejecutada sin demora. Durante semanas había presenciado cómo otros políticos y sindicalistas eran sacados de los calabozos para no regresar jamás. Esa mañana, era su turno.
Apenas amanecía cuando lo sacaron esposado junto a su secretario, Adolfo de la Torre, y a los vecinos Ángel Guijo y Fidel Vélez. Camionetas militares les aguardaban a las puertas del cuartel. La comitiva recorrió los pocos kilómetros que separaban el centro de la ciudad del Tarajal en un silencio roto solo por el ruido de los motores. Desde las aceras, algunos ceutíes vieron pasar a su alcalde, sin atreverse a pronunciar palabra. El miedo se había instalado demasiado hondo.
En la playa ya esperaba el piquete. Un oficial dio la orden. A las nueve de la mañana, las descargas de fusilería terminaron con la vida del alcalde republicano de Ceuta. No hubo honores, ni despedidas. Solo la presencia intimidatoria de soldados, guardias civiles, carabineros y falangistas que asistieron a la ejecución como si fuera un espectáculo necesario para asentar el terror. Sus cuerpos fueron llevados al depósito del cementerio de Santa Catalina con la prohibición expresa de cualquier manifestación pública en el entierro.
Vida y profesión
Sánchez-Prado había nacido en Herrera, Sevilla, en 1888. Médico ginecólogo de profesión, llegó a Ceuta siendo muy joven para estudiar y ejercer. Desde el principio se ganó el cariño popular: no cobraba a quienes no podían pagarle y, en ocasiones, dejaba dinero en las mesitas de noche de sus pacientes. Ese gesto constante de preocupación por los demás cimentó una popularidad que lo impulsó hasta la Alcaldía.
Detención en julio de 1936
Cuando el 17 de julio de 1936 comenzó a extenderse la noticia del alzamiento, muchos le aconsejaron marcharse a Tánger, como hicieron otros dirigentes. Él se negó. Se mantuvo en su puesto, reunió a los concejales que aún permanecían en la ciudad y cerró la última sesión plenaria del Ayuntamiento con un alegato en defensa de la República. Horas después sería detenido.
Legado y memoria
Su final fue rápido y sin clemencia: un consejo de guerra sumarísimo, la sentencia de muerte y un fusilamiento que buscaba acabar con el símbolo. Pero los sublevados lograron lo contrario. Casi nueve décadas después, el recuerdo de Antonio López Sánchez-Prado sigue vivo. Su estatua, frente a la Puerta Noble del Ayuntamiento, continúa erguida como custodio de la memoria de un alcalde que eligió permanecer al lado de su gente, incluso en los días más oscuros.
Este viernes, a las 13:30 horas, la Gran Vía, la avenida Antonio López Sánchez-Prado, será el escenario de un homenaje, como cada año desde 2016.