Un barrio marginado, golpeado por la delincuencia y el desempleo, víctima de la desigualdad puede deshacerse del estigma y la exclusión. Así, al menos, lo explica el decano de la Facultad de Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (Uned), Juan José Villalón, invitado a la sesión inaugural de las II Jornadas de Criminología que se celebran hasta el próximo jueves en las instalaciones del Campus Universitario.
Villalón ha expuesto durante su ponencia algunas de las líneas que le ocupan como investigador bajo un sugestivo título «La delincuencia en las áreas urbanas segregadas y vulnerables de las ciudades en globalización: estigma y realidad». Barrios marcados por un estereotipo dañino del que, sin embargo, pueden llegar a desprenderse. «Lo que hay que tener en cuenta es que hablamos de procesos –explica Villalón- No es una realidad estable. Un barrio ha podido ser una cosa en los 80, otra en los 90 y seguir evolucionando después, porque puede que los agentes que en él actúan hayan cambiado, puede que el Estado y las administraciones públicas hayan adoptado otra actitud hacia la gente que reside allí».
El investigador pone el ejemplo de los barrios de muchas ciudades andaluzas que en las décadas de los 80 y 90 vivieron una movilización cívica y social, un ejemplo de la cual lo constituye el activismo contra las droga. «Estos movimientos lograron que muchos barrios no cayeran en este tipo de situaciones. O sea, que se puede salir», apostilla.
Aunque reconoce no haber abordado como investigador la situación concreta de El Príncipe, Villalón afirma que el barrio ceutí cabe dentro de estas definiciones de zona urbana estigmatizada. «No he trabajado directamente en El Príncipe pero sí conozco cómo ha ido produciéndose ese proceso de estigmatización, sobre todo a través de los medios de comunicación –comenta el decano de la Facultad de Políticas- Recordemos aquella serie de televisión que llegó a rodarse con el nombre de la barriada como título. Pues todas esas cosas sirven para dar una imagen determinada de un barrio y evitar ver la pluralidad de su vida real».
Villalón explica que todas estas imágenes sobre lo que se conoce como barrios marginales es una recreación compartida, un mecanismo que sirve para justificar la distancia que media entre los moradores de aquellos y el resto de la población de la urbe. «Es una imagen que nos sirve muchas veces para quedarnos con la tranquilidad que da pensar que si están al margen, que si no pueden participar en la vida pública o política de la ciudad es porque son distintos», reconoce el profesor.
El estigma encuentra su origen en todos aquellos procesos que acaban por favorecer la vulnerabilidad de las personas: desempleo, dificultades para acceder a una vivienda digna o al sistema de salud, delincuencia… Una carga que también acaba pesando sobre los residentes. «Quienes consiguen tener medios suficientes acaban mudándose a otros barrios, con mejores condiciones, mejores servicios, llevándose al tiempo los mejores recursos del lugar», continúa Villalón.