Benjamin Netanyahu comparece ante una Asamblea General vacía, mientras decenas de delegados abandonan la sala en señal de protesta. Su discurso, amplificado por altavoces en Gaza, se convierte en un monólogo de aislamiento.
La imagen ha sido elocuente. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, sube al estrado de la Asamblea General de la ONU con una chapa en la solapa, un código QR que invita a “entender por qué luchamos”. Pero cuando empieza a hablar, la sala está prácticamente vacía. Decenas de delegados se han levantado en bloque, en un gesto de protesta que no necesita traducción. El discurso se convierte en monólogo. Y el monólogo, en símbolo.
Netanyahu había ordenado que su intervención se retransmitiera por altavoces en la Franja de Gaza. Quería que su voz se impusiera incluso allí donde las bombas han hablado más alto. Pero lo que se escuchó en Nueva York fue el silencio de la comunidad internacional. Un silencio que grita.
España, junto a otros países europeos, decidió ausentarse. Lo hizo de forma concertada, como quien marca distancias sin aspavientos pero con firmeza. La delegación española no estuvo presente cuando Netanyahu tomó la palabra. Tampoco lo hicieron muchas otras. Solo China, Italia, Etiopía y unos pocos más permanecieron en sus asientos. El resto, se fue. Y con ellos, se fue también la legitimidad del momento.
Durante 40 minutos, Netanyahu defendió cada acción de su Gobierno. Mostró mapas, lanzó acusaciones, agradeció a Donald Trump, y negó “la falsa acusación de genocidio”. Aseguró que “para Israel, cada víctima civil es una tragedia; para Hamas, es una estrategia”. Pero el auditorio vacío convertía cada frase en eco. Un eco que no rebota, que se pierde.
La delegación israelí intentó contrarrestar el vacío llenando las tribunas de público con simpatizantes que aplaudían cada intervención. Pero el contraste era inevitable. Abajo, los escaños vacíos. Arriba, los aplausos amplificados. Un teatro de apoyo que no disimula el aislamiento diplomático.
Netanyahu no habló de Cisjordania. No mencionó los reconocimientos recientes al Estado palestino por parte de países como Francia, Canadá o Reino Unido. No se refirió a las advertencias del presidente de Estados Unidos, que ha asegurado que no permitirá una anexión. En cambio, insistió en que la solución de dos Estados es “una locura”, “un suicidio nacional”, “una recompensa a los fanáticos”.
Su discurso fue una negación sistemática. Negó la viabilidad de Palestina, la credibilidad de la Autoridad Nacional Palestina, la imparcialidad de los medios, la valentía de los líderes occidentales. Negó incluso que su postura sea personal: “No es mi política, es la del pueblo de Israel”, dijo, citando una votación parlamentaria con 99 votos en contra de la creación de un Estado palestino.
Pero lo que no pudo negar fue la imagen. Una sala vacía. Un QR en la solapa. Un juego de preguntas en mitad de una tragedia. Y un mensaje que, por más que se amplificó en Gaza, no logró resonar en la ONU.
La política internacional no se mide solo en palabras, sino en gestos. Y el gesto de este viernes fue claro: Netanyahu habló, pero el mundo no le escuchó.